viernes, 10 de agosto de 2018







Aquella mañana primaveral los periódicos de esa capital hermosa y fascinante narraban casi todos en primera plana un acontecimiento que quizás nunca debió ocurrir. Todo comenzó una década atrás, cuando ya el maquillaje y los ejercicios  no tapaban lo que el tiempo en su  crueldad dejaba aflorar con beneplácito y con cierta ironía en aquel bello rostro y cuerpo como no se había visto en mucho tiempo. Como todas las tardes Amelie se sentaba solitaria en aquel café que le traía no pocos recuerdos de cuando era feliz, codiciada y aplaudida por todos. Ella miraba absorta a las personas que por allí pasaban, con una taza de capuchino y un croissant que  el mesero le servía cada día. Era casi un ritual.  Las vicisitudes de la vida, habían comenzado a dejar su huella y Amelie  no supo en que momento había comenzado esa soledad que le corroía el alma y el pensamiento. Y es que la soledad no solo se lleva  por que no tienes compañía sino por todas  las circunstancias que acarrean a ella. Todos los que en algún momento reparaban en ella y la recordaban veían en su rostro lo que su alma gritaba, pero nadie la escuchaba. A veces pasaban jóvenes que  la miraban y cuchicheaban entre si y ella veía como se sonreían con un gesto ente lástima y asombro a la vez. No en vano fue la actriz de teatro más solicitada  y admirada de toda la ciudad. Hacía tiempo que sus amigos se habían marchado. Solo Carmen, la señora que se encargó por años de vestirla y cambiarle los trajes en el teatro, envejecida ahora como ella, la visitaba eventualmente más por solidaridad y caridad hacia ella que por amistad. Amelie se lo agradecía en lo más profundo de su corazón pensando que al menos alguien se preocupaba de ella. Por las noches se sentía triste y desamparada. Figuras fantasmagóricas de antiguos pretendientes y admiradores la visitaban algunas veces en la fría habitación de aquel hotelucho, donde era huésped permanente y los dueños le tenían cierta consideración y respeto ya que fueron asiduos visitantes de sus presentaciones en aquel teatro que ya hacía tiempo había desaparecido y hoy era un monumento más a la desidia y al abandono. Los pensamientos se agolpaban en su cabeza y no conseguía el hilo de regreso para constatar en que momento comenzó su decadencia. Y es que los humanos somos ingratos, cuando estamos en la cúspide son todo amores y alabanzas y cuando caemos ni siquiera nos saludan si por casualidad nos tropezamos en la calle. Una tarde llegó al café un poco más temprano y en el preciso momento que iba a ordenar, la vio pasar. Al principio no la reconoció totalmente. Estaba cambiada y hasta tenía una sonrisa  en su hermoso rostro. Estaba totalmente rejuvenecida que al principio le costó reconocerla. No le dio mucha importancia pensando que eran ideas suyas. Al otro día llegó con la pensamiento fijo de verla otra vez. Pero ese día no pasó. Las tardes se hicieron eternas. Su rostro adquirió de pronto una placidez encantadora.  Ya la angustia y ansiedad no oprimían su pecho. Deseaba verla otra vez. Y así pasaron varios días, hasta que llegó el momento anhelado. Allí venia ella. Que radiante estaba, con ese vestido floreado, uno de sus preferidos y ese sombrero llamativo que todas las miradas voltearon para verla. Allí estaba ahora, si preciosa y hermosa como siempre. Ya nunca más volvería a estar sola. En un impulso la llamó y ella volteando le obsequio su más tierna y encantadora sonrisa. Sus miradas se abrazaron al reconocerse. Cuanto había esperado ese momento crucial. Ahora las penas y sinsabores de los últimos años desaparecieron. Su esencia estaba allí. Ya nadie la miraría de reojo y disimularían al verla. Tardó unos segundos en reaccionar y comprender lo que pasaba. Allí estaba ella. Hermosísima. Se levantó de la silla y caminó presurosa hasta alcanzarla. Ya nunca más se separarían. Al otro día cuando los periódicos reseñaron la noticia muchos no podían creerlo. Una de las actrices de teatro más famosa de todos los tiempos aparentemente se había suicidado lanzándose de unos de los puentes del rio. Pero lo que más asombró y consternó a los habitantes de aquella ciudad fue que varios testigos aseguraron a las autoridades que vieron a dos personas lanzarse. Dos mujeres. Una anciana y una joven. Parecían madre e hija por su gran parecido. Pero lo más misterioso y que nunca se supo con certeza fue que la mujer más anciana vestía ropa de actualidad y la más joven llevaba un atuendo sacada de una revista de moda de hace muchos años. Un verdadero misterio.

Nancy Aguilar Quintero
27 de mayo de 2015




miércoles, 25 de julio de 2018





Fugaz

Llegó a mí el murmullo
de la brisa mañanera.
Llegó a mí el tañido de
de la campana plañidera.

Llegó a mí el quejido
y el lamento, de aquel
sueño arrebatado
por el tiempo,
por la distancia,
por la rutina,
por el desencuentro…

De aquella pasión
que destrozó mi corazón
por dentro
dejando huellas, cicatrices
perdurables e imborrables
en mi alma y en mi cuerpo.
Nancy Aguilar
Agosto, 1999

lunes, 9 de julio de 2018




ADORMECIDA


Larissa caminaba descalza
por la desierta playa
de arenas blanquecinas.

Miraba  el infinito
y sus grandes ojos negros
llenos de lluvia y angustia
solo veían la tristeza del ocaso
y el vaivén del oleaje.

Sintiendo aquellos
granos de arena
pequeñísimos penetrando
sus pies mojados
que le producían
una sensación indescriptible
entre desasosiego y paz.

No pensaba,
solo sentía la brisa
hiriéndole la cara
y el olor penetrante
a mar llenando
sus pulmones.

Recostó su cansado
y aletargado cuerpo
sobre una roca inmensa,
mientras el sol era apenas 
ya un pequeño
semicírculo ardiente
perdido en el horizonte.

Nancy Aguilar Quintero

jueves, 7 de junio de 2018


AMARGO DESENCANTO

Eran exactamente las cuatro y media de la tarde, de aquel día caluroso del mes de abril, cuando Adelaida dejó de llorar. En un instante su vida cambio para siempre y ya no sería más la misma. No sabía con certeza en qué momento comenzó aquel llanto tibio y melancólico. Las lágrimas corrían por sus mejillas, lavándole el rostro. Todo empezó dos meses antes, cuando aquel elegante y apuesto joven apareció en su vida. Aquella mañana, doña Beatriz, su mamá, una viuda de carácter muy recio y conducta intachable, le encargó que comprara en la única quincalla de aquel pueblo, árido y triste, donde nunca ocurría nada importante, unos hilos y encajes que necesitaba, para terminar de coser el vestido que Adelaida luciría ese domingo en las fiestas patronales del pueblo. Allí estaba él sentado enfrente de la bodega del turco Richani, con un vaso de limonada en la mano y el pensamiento muy lejos de allí. Había llegado al pueblo la noche anterior, hospedándose allí mismo, ya que el turco tenía en la parte alta algunas habitaciones, que regularmente ocupaban los granjeros cuando venían al pueblo a vender sus productos y a realizar sus compras. Caminaba ella con pasos lentos, cabizbaja, con una actitud de muchacha acostumbrada a obedecer. Sus miradas se cruzaron solo un instante, que para ella fue una eternidad. Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Una emoción muy intensa la embargo. Muy turbada entró en la quincalla, que quedaba justo al lado de la bodega. Con voz trémula pidió a Misael, el dependiente tosco y huraño, lo encomendado por su mamá. Aun estaba muy nerviosa cuando salió, pero él ya no estaba. Doña Beatriz, mujer muy observadora, notó inmediatamente que algo había ocurrido en el trayecto, pero como Adelaida nada comentó, se guardó ella muy bien de no preguntar nada. Los días siguientes, con alguna excepción en que recordaba el encuentro de aquella mañana, Adelaida continúo con su rutina de vida. Se levantaba muy temprano, para ayudar en los quehaceres del hogar, a pesar que tenían una empleada que se ocupaba de los oficios fuertes, era ella quien administraba la casa disponiendo la compra de alimentos semanales, para elaborar el menú, platillos deliciosos que copiaba de una revista española, que siempre llegaba atrasada a la tienda del turco. Disponía de una manera casi artística, las plantas de los materos  colocadas en el corredor y jardín de la vetusta casona, ocupándose de regarlas, tarea que solo ella hacía, con la cantidad exacta de agua que cada planta necesitaba. No satisfecha con esto, encargaba a su primo Santiago que venía al pueblo dos veces al mes trayendo mercancía, pequeños sacos de abono químico de un vivero, cuyo anuncio salía en un periódico capitalino. Llegó el domingo, día tan anhelado por los jóvenes del pueblo. Como eran tan pocas las diversiones, las fiestas dedicadas a San Sebastián, él santo patrono, se convertían en momentos de encuentros felices. Las casas eran pintadas con semanas de antelación con colores brillantes y vistosos, ya que existía una sana competencia para ver cual calle era la más bonita, ya que el día del santo el cura, en el sermón, les dedicaba elogios y bendiciones a los vecinos de la misma. Adelaida luciría ese domingo un precioso vestido verde esmeralda, que hacia resaltar mas la blancura de su piel. Su primo le trajo de la capital unos hermosos zarcillos, que combinaban perfectamente con el traje, ya que ella no confiaba en los adornos baratos de las tiendas del pueblo. Ensimismada en sus propios pensamientos, Adelaida entró aquella mañana a la iglesia con su madre y allí estaba él. Sentado en el ultimo banco,  como escondiéndose  de las personas que entraban a la iglesia, la cual estaba plena de aromas a rosas y azahares. Lo miro de reojo y eso fue suficiente para detallarlo. Vestía muy elegante y a la moda, pantalón gris y una camisa a rayas que le hacía juego. Su porte erguido, la desenvoltura de sus ademanes, su mirada perdida, le producían a ella emociones indescriptibles. Aquellos ojos color miel de infinita tristeza la dejo verdaderamente perturbada. Adelaida se sentó  al lado de varias amigas, pero ese día no presto atención a lo que decía el padre Olegario. Su cabeza la daba vueltas con un pensamiento persistente y una idea fija. ¿Quién era él, de donde vino y para qué? Todas estas interrogantes fueron contestadas muy pronto al terminar la misa. Su gran amiga Vestalia le hizo señas para que se acercara. Se llamaba Mauricio y era su primo. Había llegado de la capital, donde residía con sus padres, con intenciones de ver una viñedo situado en las afueras del pueblo, encomienda de su padre, un rico comerciante y banquero muy distinguido, que pensaba invertir en el campo, y alejarse un poco del bullicio de la ciudad. Vestalia se lo presento y conversaron de cosas triviales, del tiempo, de las cosechas, de la abundancia de frutos de aquella región. Él le comento que se quedaría un tiempo en el pueblo aprovechando que eran sus vacaciones. Como su amiga no los dejo solos ni un momento, Adelaida pensó si tendrían algún amorío. La ocasión perfecta para conocer mejor a Mauricio y quizás para que se fijara en ella, se presentó cuando consiguió un sobre encima de su cama. Lo había dejado allí Doña Beatriz y era la invitación para el cumpleaños de Doña Elba, la madre de Vestalia, acontecimiento que se celebraría  el domingo con un almuerzo en su hacienda Blancaflor. El ansiado día llego, sin sospechar Adelaida, que las ilusiones y proyectos internalizados por ella, noviazgo, matrimonio se desmoronaría como castillo de naipes, y es que ella de personalidad soñadora y romántica nunca pensó  que la realidad seria otra muy diferente. Antes del almuerzo, y a medida que llegaban los invitados, Doña Elba presentaba a su sobrino, como un joven muy educado y estudioso. Cuando alguien preguntó que estudiaba, la señora contesto muy orgullosa —¡Mauricio tiene dos años en el seminario y por fin habrá un sacerdote en la familia!
Nancy Aguilar Quintero

 


martes, 6 de marzo de 2018






Soberana princesita
Orgullo de tu papá
Prenda adorada de mami
Hermosa eres sin igual
Inquieta y muy menudita
Amada por tu abuelita, que
Viéndote tan preciosa,
Inteligente y graciosa
Radiante como una luz, le da
Gracias al Creador y le pide con fervor
Infinitas bendiciones por
Nacer en este hogar y en este
Instante bendito y pido a los
Angelitos su protección sin parar.
Nancy Aguilar Quintero
Maracaibo, 06, de marzo de 2010

miércoles, 21 de febrero de 2018


SIN RUMBO



Alina caminaba desesperada por aquella calle solitaria. En aquella ciudad calurosa  había empezado a llover. Nunca entendió que habiendo un sol radiante casi siempre llovía. Tenía que llegar a tiempo de conseguir algo de alimentos. Y era que la situación ya era insoportable. De pronto vio a esa multitud harapienta y descarrilada. Iban sin rumbo fijo. Alguien la empujo y ella tropezó con una verja. Se sintió desamparada. Ella que se consideraba la criatura más hermosa y tierna de la tierra. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Solo atino a voltear la mirada. Vio como  los humanos se convertían en ejércitos feroces dispuestos a todo aunque después se arrepintieran de sus acciones hasta el final de sus días.
Nancy Aguilar Quintero

Delia Rosa y  sus 95 primaveras 



Eres la luz fulgurante
Del faro en la inmensidad.
Eres brisa mañanera
Que calma la tempestad.

Mujer muy culta  y tenaz
De virtudes sin igual
En tu largo recorrido
Por esos mundos de Dios.
Nos has dejado un legado
Que es toda una bendición.

Teniendo siempre a tu lado
A quien fue tu gran amor
Jesús Antonio, tu esposo
Ese si fue un gran señor.

Ya que juntos construyeron
Con esfuerzo y con tesón
Patrimonio  perdurable
De principios y de honor
Ocho hijos bien criados
Orgullo de vuestra unión.

En nuestra humilde morada
Acogedora y sencilla
Donde siempre al visitante
Se le dio abrigo y comida-

Hoy me siento  agradecida
Y  doy loas a mi Dios
De tenerte como madre,
¡Delia Rosa, Bendición!

Tu hija Nancy.
31- enero-2015



Aquella mañana primaveral los periódicos de esa capital hermosa y fascinante narraban casi todos en primera plana un aconteci...