martes, 20 de diciembre de 2016

AMARGO DESENCANTO

Eran exactamente las cuatro y media de la tarde, de aquel día caluroso del mes de abril, cuando Adelaida dejó de llorar. En un instante su vida cambio para siempre y ya no sería más la misma. No sabía con certeza en qué momento comenzó aquel llanto tibio y melancólico. Las lágrimas corrían por sus mejillas, lavándole el rostro. Todo empezó dos meses antes, cuando aquel elegante y apuesto joven apareció en su vida. Aquella mañana, doña Beatriz, su mamá, una viuda de carácter muy recio y conducta intachable, le encargó que comprara en la única quincalla de aquel pueblo, árido y triste, donde nunca ocurría nada importante, unos hilos y encajes que necesitaba, para terminar de coser el vestido que Adelaida luciría ese domingo en las fiestas patronales del pueblo. Allí estaba él sentado enfrente de la bodega del turco Richani, con un vaso de limonada en la mano y el pensamiento muy lejos de allí. Había llegado al pueblo la noche anterior, hospedándose allí mismo, ya que el turco tenía en la parte alta algunas habitaciones, que regularmente ocupaban los granjeros cuando venían al pueblo a vender sus productos y a realizar sus compras. Caminaba ella con pasos lentos, cabizbaja, con una actitud de muchacha acostumbrada a obedecer. Sus miradas se cruzaron solo un instante, que para ella fue una eternidad. Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Una emoción muy intensa la embargo. Muy turbada entró en la quincalla, que quedaba justo al lado de la bodega. Con voz trémula pidió a Misael, el dependiente tosco y huraño, lo encomendado por su mamá. Aun estaba muy nerviosa cuando salió, pero él ya no estaba. Doña Beatriz, mujer muy observadora, notó inmediatamente que algo había ocurrido en el trayecto, pero como Adelaida nada comentó, se guardó ella muy bien de no preguntar nada. Los días siguientes, con alguna excepción en que recordaba el encuentro de aquella mañana, Adelaida continúo con su rutina de vida. Se levantaba muy temprano, para ayudar en los quehaceres del hogar, a pesar que tenían una empleada que se ocupaba de los oficios fuertes, era ella quien administraba la casa disponiendo la compra de alimentos semanales, para elaborar el menú, platillos deliciosos que copiaba de una revista española, que siempre llegaba atrasada a la tienda del turco. Disponía de una manera casi artística, las plantas de los materos  colocadas en el corredor y jardín de la vetusta casona, ocupándose de regarlas, tarea que solo ella hacía, con la cantidad exacta de agua que cada planta necesitaba. No satisfecha con esto, encargaba a su primo Santiago que venía al pueblo dos veces al mes trayendo mercancía, pequeños sacos de abono químico de un vivero, cuyo anuncio salía en un periódico capitalino. Llegó el domingo, día tan anhelado por los jóvenes del pueblo. Como eran tan pocas las diversiones, las fiestas dedicadas a San Sebastián, él santo patrono, se convertían en momentos de encuentros felices. Las casas eran pintadas con semanas de antelación con colores brillantes y vistosos, ya que existía una sana competencia para ver cual calle era la más bonita, ya que el día del santo el cura, en el sermón, les dedicaba elogios y bendiciones a los vecinos de la misma. Adelaida luciría ese domingo un precioso vestido verde esmeralda, que hacia resaltar mas la blancura de su piel. Su primo le trajo de la capital unos hermosos zarcillos, que combinaban perfectamente con el traje, ya que ella no confiaba en los adornos baratos de las tiendas del pueblo. Ensimismada en sus propios pensamientos, Adelaida entro aquella mañana a la iglesia con su madre y allí estaba él. Sentado en el ultimo banco,  como escondiéndose  de las personas que entraban a la iglesia, la cual estaba plena de aromas a rosas y azahares. Lo miro de reojo y eso fue suficiente para detallarlo. Vestía muy elegante y a la moda, pantalón gris y una camisa a rayas que le hacía juego. Su porte erguido, la desenvoltura de sus ademanes, su mirada perdida, le producían a ella emociones indescriptibles. Aquellos ojos color miel de infinita tristeza la dejo verdaderamente perturbada. Adelaida se sentó  al lado de varias amigas, pero ese día no presto atención a lo que decía el padre Olegario. Su cabeza la daba vueltas con un pensamiento persistente y una idea fija. ¿Quién era él, de donde vino y para qué? Todas estas interrogantes fueron contestadas muy pronto al terminar la misa. Su gran amiga Vestalia le hizo señas para que se acercara. Se llamaba Mauricio y era su primo. Había llegado de la capital, donde residía con sus padres, con intenciones de ver una viñedo situado en las afueras del pueblo, encomienda de su padre, un rico comerciante y banquero muy distinguido, que pensaba invertir en el campo, y alejarse un poco del bullicio de la ciudad. Vestalia se lo presento y conversaron de cosas triviales, del tiempo, de las cosechas, de la abundancia de frutos de aquella región. Él le comento que se quedaría un tiempo en el pueblo aprovechando que eran sus vacaciones. Como su amiga no los dejo solos ni un momento, Adelaida pensó si tendrían algún amorío. La ocasión perfecta para conocer mejor a Mauricio y quizás para que se fijara en ella, se presentó cuando consiguió un sobre encima de su cama. Lo había dejado allí Doña Beatriz y era la invitación para el cumpleaños de Doña Elba, la madre de Vestalia, acontecimiento que se celebraría  el domingo con un almuerzo en su hacienda Blancaflor. El ansiado día llego, sin sospechar Adelaida, que las ilusiones y proyectos internalizados por ella, noviazgo, matrimonio se desmoronaría como castillo de naipes, y es que ella de personalidad soñadora y romántica nunca pensó  que la realidad seria otra muy diferente. Antes del almuerzo, y a medida que llegaban los invitados, Doña Elba presentaba a su sobrino, como un joven muy educado y estudioso. Cuando alguien preguntó que estudiaba, la señora contesto muy orgullosa —¡Mauricio tiene dos años en el seminario y por fin habrá un sacerdote en la familia!
Nancy Aguilar Quintero
Abril, 2009
 


martes, 6 de diciembre de 2016

Visitantes indeseados.

Sobre aquella vetusta casona, majestuosa y elegante, se tejían toda clase de conjeturas y donde según, comentaban los vecinos, estaba embrujada, ya que cosas muy extrañas sucedían allí, sobre todo cuando se acercaban las fiestas patronales del pueblo. Se decía que, fantasmas de antiguos moradores deambulaban por toda la casa al comenzar la tarde, como invitados a la hora del café y, al anochecer cuando las luciérnagas resplandecientes empezaban su danza luminosa y cantarina, se les oía conversar y hasta discutir entre ellos
¡A estos fantasmas no le gustan las visitas,… y menos de familiares! —comentaba Servando, el viejo jardinero de cabellos nevados, con su voz tosca y la  piel curtida por el sol.
Mi familia vivía a solo dos casas por medio, y mi alma de niña no entendía lo que allí acontecía, pero cada vez  que salía con mi madre o con alguna empleada de la casa al mercado  caminábamos en la acera de enfrente muy rápido  y me decían
“Beatriz no mires a esa casa, no voltees a mirarla”.
Rosa, una de nuestras empleadas más antiguas, comentaba con su voz aplomada y una seguridad sin lugar a dudas
¡Esa casa esta embrujada, no entiendo como todavía alguien viva o pueda trabajar ahí! —¡A mí ni que me ofrezcan monedas de oro, estaría allí ni un minuto!
Se decía que los fantasmas se encontraban en todas partes, en las amplias alcobas, en la sala, la cocina y corredores donde más de una empleada de la casa los había visto y procuraban estar siempre acompañadas unas de otras. Al amanecer, cuando el sol desplegaba sus caricias ardientes volvía el sosiego y la tranquilidad a los habitantes de la mansión. Las lenguas viperinas y los comentarios maliciosos que nunca faltan sobre todo del servicio hacían toda clase de suposiciones sobre tan delicado asunto. Decían que el alma de un coronel, su esposa e hija  que habían sido sus propietarios en los tiempos de la colonia eran quienes trataban de hacerles bromas a los aterrados criados y a todo el que estuviese en la casa al comenzar el atardecer. Podían aparecer en cualquier época del año pero cuando se acercaba la fiesta de Santa Inés, patrona del pueblo, era el momento propicio para hacer de las suyas. Algo misterioso y que no tenía ninguna explicación lógica era el penetrante y casi insoportable olor a jazmines en la casona y los alrededores. Era la señal inequívoca que ese día aparecerían los indeseables visitantes.
Eusebio, el dueño  de la farmacia, afirmaba sin lugar a dudas—“mi abuela nos contaba, que ese coronel, incumplió una promesa a Santa Inés, y en castigo lo dejaron para siempre a él y su familia en la Tierra.—dicen que le prometió a la santa la construcción de una nueva iglesia la cual fue posponiendo por años hasta que la muerte lo sorprendió una mañana primaveral, bañándose en el rio. Ese coronel, que parece se  apellidaba Figueroa, decían que era muy malo y tacaño y, por eso Dios y la santa lo castigaron”.
“Yo, a mis nueve años no entendía mucho eso de los castigos, pero me parecía injusto que por una promesa que no cumplió el dichoso coronel, su esposa e hija también fuesen fantasmas”.
Sucedió un día que Santiago, el nieto menor  de los dueños de la casona, se le ocurrió ir a pasar sus vacaciones de verano con sus abuelos maternos, Doña Aurora y Don Miguel, quienes decían que nunca habían visto ni sentido nada anormal en su casa, y alegaban que eran “puras habladurías” de gente sin oficio.  Era Santiago un joven de unos dieciséis años, alto, de cabellos castaños y ojos aguarapados que vivía con sus padres en la capital. Su padre, un eminente profesor universitario, trató de disuadirlo animándolo a que fuese a otro lugar durante ese mes de vacaciones y le contó que siendo novio de Matildita, la madre de Santiago e hija de Aurora y Miguel, había tenido una experiencia nada agradable cuando ésta lo invitó a conocer a sus padres. Durante la  semana que duró su estadía en la casona, no pudo dormir una noche completa, debido a las constantes discusiones que en medio de la tranquilidad de la madrugada, se escuchaba por los pasillos y a la intensidad del  olor a jazmín, que impregnaba todas las habitaciones, y se le pegaba a las sabanas y a la ropa.  Santiago, se reía para sus adentros, y mirando perplejo a su padre.
—Me niego a creer, papá, que tú, un profesor universitario crea en esos cuentos de camino”.   
A estas alturas, Santiago estaba demasiado intrigado y desoyendo los consejos de su padre se alistó para visitar tan famosa casona de la cual casi todos en la familia tenían alguna anécdota que contar y como desde chico no veía a sus abuelos planificó su viaje con gran ilusión y hasta con cierta curiosidad. Contaba la casona con cinco empleadas, desde las que atendían la cocina pasando por la limpieza de aposentos y salones hasta las que hacían el mercado, más Servando el viejo jardinero, reliquia eterna de la casona, que vivía allí desde niño, cuando los padres de Aurora se hicieron cargo de él al quedar huérfano y desamparado. Doña Aurora y Don Miguel descendientes de antiguos terratenientes, a pesar que vivían solos, pues sus cinco hijos habían dejado hacía tiempo el hogar familiar, y cada quien tomó su propio rumbo, les gustaba rodearse de personas que los sirvieran, siguiendo la tradición de sus antepasados, de recibir numerosas visitas para lo cual era necesario mantener una casa cómoda y adecuada ya que de ninguna manera permitían que nadie de su familia y  amigos se alojaran en un hotel. Se podían dar ese lujo ya que eran personas adineradas, “ricos de cuna” como decían en el pueblo. Santiago solo hizo pisar la dichosa mansión cuando se ganó de inmediato la confianza de las empleadas, quienes lo miraban embobadas, felices de tener un joven tan apuesto y  cariñoso, que les jugaba toda clase de bromas y que las trataba de “tu” sin tantos formalismos innecesarios, como decía el propio Santiago, que tenía ideas medio socialistas. Al llegar se aprendió  los nombres de las chicas del servicio. Solo el viejo Servando, el jardinero, lo miraba con cierta desconfianza, pensando que un joven de su estatus no era  bien visto tratando con tanta familiaridad a la servidumbre. A Santiago le fascinó inmediatamente todas esas historias de aparecidos y le resultaba risible que a estas alturas del siglo XXI  todavía había personas ingenuas que creyesen en esos cuentos de camino. Sucedió que una tarde aburrido como estaba en aquél caserón se le ocurrió de repente jugarle una broma pesada a Irania la más joven de las empleadas, quien era la encargada de cambiar las sabanas, arreglar y limpiar los cuartos. Desde muy temprano les anuncio a sus abuelos y a la servidumbre que iría al centro del pueblo para realizar unas compras y  diligencias personales y,  regresaría como a las cuatro de la tarde. Le hizo hincapié a Irania que le limpiara el cuarto antes que  llegara porque pensaba hacer una siesta corta. A las dos de la tarde se despidió de sus abuelos en voz alta para que todos lo escucharan. Era la hora de descanso de las empleadas y casi todas se reunían en la amplia biblioteca donde un televisor inmenso hacía más placentero esas horas de reposo y café.  Dando la vuelta alrededor de la casa Santiago se deslizó sigilosamente por un portoncillo  en la parte de atrás de la casa. Éste solo lo usaban las empleadas para salir a colocar la basura y una que otra para escabullirse sin que los dueños se diesen cuenta a chismorrear con las empleadas vecinas. Sin que nadie lo viera entró al corredor y  fue directo a su cuarto.  Allí esperaría a Irania para asustarla y a ver si se le quitaba de una vez por toda esa manía de decir que en esa casa había aparecidos. Calculó la hora en que ella entraría y decidió esconderse detrás de una amplia cortina. A las tres en punto, que era la hora de la limpieza vespertina, Santiago la escuchó  que venía por el amplio corredor con los aperos de la limpieza. Hizo un esfuerzo para no reventar la risa cuando ella abrió la puerta. Pasaron cinco minutos y apenas si sentía los movimientos de Irania. Ésta se sentó en la cama y Santiago escuchaba su respiración entrecortada. Abrió una gaveta de la cómoda y oyó como pasaba las páginas de un libro. Le extraño mucho no sentirla limpiando ni cantando ya que ella misma decía que los sonidos y cánticos alejaban a los espantos.  A los siete minutos ya Santiago estaba decidido salir de su escondite y gritar con todas sus fuerzas ¡Espanto! Pero un sonido lo detuvo. Con mucho cuidado descorrió un poquito la cortina y entre la penumbra del cuarto vio que ella se dirigía precisamente a donde él estaba. Ya sin poder contener la risa decidió abrir la cortina en el preciso instante que ella estaba parada frente a él. Se imaginaba los gritos de Irania toda asustada y llorosa. ¡Pero… —ahí estaría él para calmarla y consolarla! Lo que sucedió después fueron conjeturas y habladurías tanto del servicio como de las personas del pueblo. Nadie hasta el día de hoy supo explicar con certeza que le pasó a Santiago, ni porque salió dando gritos del cuarto, como “alma que lleva el diablo”. Irania solo recordaba que cuando se disponía a entrar al cuarto, sintió un empujón y unos gritos aterradores. Era el joven Santiago que estaba en su cuarto,…—¡Pero!…¿¡Que hacia allí, si supuestamente estaba en el pueblo!?... Irania entró al cuarto y no vio nada fuera de lugar… Solo  un  intenso olor a jazmines se sentía en la habitación.
Nancy Aguilar Quintero
Maracaibo, 07 de noviembre 2016





martes, 1 de noviembre de 2016

AMARGA SOLEDAD


Cuando te vas,
tú tan distante,
me quedo sola,
con mis ansias
reprimidas.
Y cuando vuelves
encuentras mi amor eterno
que con un beso
te dará la bienvenida.
Me quedo sola, amor,
con tu recuerdo
y mi tristeza,
que a la par, juntas,
son mis eternas
compañeras.
Algún día,
no muy lejano,
quizás comprenderás
mi gran amor por ti.
Algún día
Entre los muchos
que vendrán.
La tristeza será mi
compañera.
Algún día
Doblaran las campanas
Sintiendo pena
por un amor que murió
Y que  nunca volverá.
Nancy Aguilar Quintero


domingo, 2 de octubre de 2016

Canción infantil: En mi escuela
(Dedicadas a mis hijas menores cuando estaban en el cole)

En mi escuela hay una niña
que se llama Sinforosa
tiene los ojitos grandes
y una cara muy preciosa.

En mi escuela hay una niña
que se llama Desiree
tiene la piel morenita
y ojitos color café.

En mi escuela hay una niña
se llama Dianela Rosa
tiene el pelo “pasuito”
aplicada y muy hermosa.

En mi escuela hay muchos niños
avispados y estudiosos
cuando salen al recreo
toditos van muy gozosos.

El recreo es una fiesta,
se divierten a montón,
suena el timbre avisando
que regresan al salón.
  
Nancy Aguilar Quintero

Maracaibo.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

DESORIENTADA

Eran las ocho de la noche y Camila apresuró el  paso por aquella calle solitaria. La mayoría de las  casas estaban derruidas y en escombros ya que la municipalidad había decidido remodelar varias manzanas porque  eran viviendas de muchos años y le daban un aspecto muy feo a la ciudad. Sentía mucho miedo al pasar por allí pero era el único camino viable para llegar a la autopista y tomar el autobús que la conduciría  a su hogar. Estudiaba computación e inglés por las noches en un instituto  del centro de la ciudad y su propósito era culminarlos para poder ascender en su trabajo. Era recepcionista en una entidad bancaria de mucho prestigio y aspiraba a un mejor puesto.  De pronto sintió un leve ruido como pasos muy tenues pero persistentes detrás de ella y no se atrevía a voltear ya que estaba casi  paralizada de terror. Alguien la seguía y ella no sabía con qué intenciones.  Aquella cuidad se había convertido en un sitio muy inseguro, sobre todo de noche. En un momento pensó que eran ideas suyas, ya al pasar por esa calle, muy solitaria y con la mayoría de las casas deshabitadas le producía escalofríos.  Se encomendó a las ánimas del purgatorio y a su Ángel de la Guarda siguiendo los consejos de su madre que siempre le decía que en caso de sentir peligro les rezara y que eran muy milagrosos.  De pronto vio que una de las casas estaba iluminada  con mucha gente afuera y adentro y sin pensarlo dos veces entró. Era un velorio. Se sentó al lado de una señora que rezaba cabizbaja un rosario y espero un buen rato tratando de tranquilizarse ya que estaba muy nerviosa y asustada. Transcurrió como una hora y algunas personas comenzaron a marcharse  caminando hacia la autopista. Ella se fue junto a ellas pero ni siquiera miró sus caras prometiéndose que al día siguiente en la mañana se  pasaría por esa calle antes de llegar a su trabajo. Quería hacer una oración por el difunto o difunta en   agradecimiento que la hubiese librado de quien sabe que percance. Llegó a la casa y solo consiguió ruinas. Allí no había nadie y se notaba que la habían desocupado hacía mucho tiempo. Camila no salía de su asombro. Preguntó a un señor de un quiosco cercano que vendía café y periódicos. El señor le dijo que, según contaban por ahí, en esa casa vivió hacía muchos años una señora muy caritativa y generosa. Cuando murió mucha gente vino a sus funerales  para agradecerles sus favores. Camila se quedó muy desconcertada pensando en que acertados y precisos son los  consejos de una madre.
Nancy Aguilar Quintero
Abril 2009


miércoles, 7 de septiembre de 2016

LA MUÑECA

Clotilde había muerto. Mariana, su única hija de veinte años, se sintió más desamparada que nunca. Habían transcurrido catorce años desde aquella tarde calurosa del mes de abril cuando su madre la llevo a conocer el circo que días antes se había instalado en las afueras del pueblo. Mariana, una niña de apenas seis años, demasiado alta para su edad, recordaba perfectamente los acontecimientos de aquel día, grabados en su memoria para siempre, como si el tiempo se hubiese detenido en una imagen persistente. Ese día maravilloso y grandioso, su madre le compro su primera muñeca. Era preciosa, con rizos dorados y vestido azul y blanco con zapatos y todo…y que al moverla decía “mamá”. ¡Que sueños e ilusión para una niña acostumbrada a la soledad! De pronto su pequeño mundo triste y limitado a las paredes de su casa se amplió con una nueva esperanza. Su madre, una mujer endurecida por el trabajo y los desencantos de la vida, nunca se había preocupado por esas nimiedades de los juguetes como ella decía, a los cuales consideraba un gasto innecesario. Fue la tarde más feliz de la niña. Los payasos, los trapecistas, el enorme oso que hacia llorar con sus gruñidos al niño pálido sentado delante de ellas fueron atracciones secundarias comparadas con la inmensa alegría y satisfacción que sentía al acariciar su muñeca. Al terminar la función su madre le compro una enorme chupeta roja que Mariana saboreo con verdadera delicia de regreso a su casa.
Vivía Clotilde con su hija y una prima lejana llamada Evarista, que le servía de compañía y a la vez le ayudaba con los quehaceres domésticos, en una pequeña casa situada en las afueras del pueblo, pintada de blanco con techos rojos y un hermoso jardín en contorno. Esta casa y una pensión vitalicia que ella cobraba cada fin de mes, fue el único patrimonio que le dejo su marido al morir. Como esta apenas alcanzaba para subsistir, Clotilde, mujer emprendedora, estableció en su casa una pequeña dulcería que ocupaba casi todo su tiempo y cuyos ingresos le permitían cubrir los gastos del hogar, colegio de la niña y alguno que otro pequeño lujo. Ese contacto amoroso que debe existir entre padres e hijos, sobre todo en la infancia, no existió nunca entre ellas. Clotilde se levantaba al despuntar el alba para atender su pequeño negocio de dulces, dejando todas las otras labores hogareñas en manos de su prima, incluyendo el cuidado de la pequeña Mariana, que pasaba la mayor parte de la tarde, después de regresar de la escuela, jugando sola en su cuarto. Fue este aislamiento de la madre y el poco compartir con otros niños, lo que forjo la personalidad solitaria y taciturna de Mariana. Recordaba ella el día que Evarista entro sofocada en su cuarto la tomo en brazos y corriendo la llevo hasta la puerta para que viera el desfile de payasos, trapecistas, bailarines y animales del circo que había llegado al pueblo unas horas antes. Pasaron los días y la niña espero con paciencia, sin atreverse a pedirlo, que su madre la llevara al circo, que ya de antemano la emocionaba. Que angustia e incertidumbre sentía el alma de la niña esperando el gran momento. Este llegó un sábado  cuando Clotilde ordeno a Evarista que la vistiera porque irían a la función vespertina del circo, que desde tempranas horas un camión con su parlante invitaba a los residentes del pueblo  a la función de la tarde ya que había un descuento de la mitad del precio de la entrada. Ese fue el día, grandioso para ella, que su madre le compro la muñeca. En la noche se durmió más temprano que nunca, abrazada a ella, considerándola su tesoro más preciado. Esa noche tuvo sueños anhelados, su madre amorosa jugaba con ella.
Como sucede en todos los sueños, siempre hay un despertar. Para Mariana ese despertar se transformo en una pesadilla de la cual no había posibilidades de escape. Su miedo, aunado a la impotencia de no poder protestar  ante una madre excesivamente rígida e imperiosa, se convirtió en terror ante la realidad que se presentaba ante su alma impúber, sedienta de afecto. Su muñeca, su tesoro, con la que había jugado tan feliz la tarde anterior, estaba colocada cuidadosamente encima de la repisa de su cuarto, inalcanzable, lejana. Acostumbrada a reprimir sus emociones y sentimientos delante de su madre y de cualquier persona mayor, esta vez el dique se rompió fluyendo a caudales. Lloro hasta el atardecer, pero su madre ocupada como estaba en los preparativos de los dulces, apenas si se dio cuenta de su llanto. La decisión estaba tomada. La muñeca se quedaba donde estaba por ordenes de su madre. Según ella, lucia mejor en la repisa que en las manos de la niña, ya que esta podría dañarla, ensuciarla  y perdería su encanto. Desconociendo totalmente la naturaleza infantil, Clotilde  no comprendía que precisamente el encanto de los juguetes esta en las manos de los niños. Los años fueron pasando y Mariana se convirtió en una hermosa joven, que solo tenía contacto con su madre, ya que esta le había prohibido todo trato con personas de su edad. Evarista se marcho un día sin dar ninguna explicación y solo ella y su madre compartían los momentos de soledad y de tristeza. A los veinte años no había tenido novio, ni siquiera un amigo y sus perspectivas de la vida terminaban en la puerta de su casa. Cuando su madre enfermo de gravedad, solo el cura del pueblo solía visitarlas, no porque sintiera afecto por la enferma, que nunca fue ni siquiera a misa, sino por un alto sentido de la caridad. Murió Clotilde una fresca mañana de primavera, sin haber exhalado un solo quejido, rígida y autoritaria como fue durante toda su vida. En su lecho de enferma le hizo jurar a Mariana que no lloraría ni se lamentaría por su muerte y mucho menos delante de sus vecinos, ejerciendo con ello su control sobre la joven aun después de muerta. El cura Nemesio y algunos vecinos se hicieron cargo de los preparativos del funeral, ya que Mariana después que su madre recibiera la extremaunción no volvió a pronunciar palabra. Al regreso del cementerio, algunas vecinas la acompañaron por un rato y luego una a una se fueron marchando comentando sobre el incierto futuro de la joven, sin parientes cercanos ni amigos que pudiesen estar con ella en estos aciagos momentos. Verdaderamente estaba sola en el mundo. Su mente no atinaba a pensar ni organizar sus ideas. Se sentía desamparada y con miedo. Cerró puertas y ventanas refugiándose en su dormitorio con la mirada perdida fija en el techo. Aterrorizada, sin encontrar una vía de escape que la librara de la prisión que la mantuvo sometida su madre durante  toda su vida. De repente su memoria se remonto hacia el pasado y los recuerdos comenzaron a fluir suavemente. Se acordó de su muñeca, su tesoro. La puerta herméticamente cerrada durante tantos años se abrió de pronto de par en par. Mariana se levanto del lecho y comenzó a buscar por toda la casa a su tesoro, su aliciente, su refugio… ¿Donde la pondría su madre, Dios mío?...Ella que tenía la manía de guardar tanto las cosas que después no sabía dónde estaban. Los pensamientos se agolpaban dentro de su cabeza.  Recordó el día que su madre guardo el costurero y luego no lo encontró. Ese día fue al colegio con el dobladillo de la falda descosido. Busco desesperada, registró todos los rincones de la casa, anhelante, transformada totalmente por la emoción. ¡Su muñeca!  —¿Donde la guardaría su madre? Ella sería su salvación, estaba segura que de encontrarla la calma y la felicidad volverían a ella como aquel día remoto cuando su madre se la compro  a la señora gorda, de pelo azabache, en el bazar del circo. La casa era un caos, todo revuelto, en desorden, todas las cosas tiradas al piso. Se sentía liberada, como si un gran peso se le hubiera quitado de encima. Total, su madre no estaba para regañarla o llamarle la atención. Después se ocuparía ella de arreglar todo —ya habrá tiempo…De pronto ¡qué emoción, qué felicidad!..Escondida en la parte más alta del armario, detrás de unas sábanas, estaba su muñeca—¡su preciosa muñeca! Con una emoción casi febril la abrazo y beso, llorando intensamente, con un llanto nervioso y alegre a la vez. Se encontraba un poco maltratada, no por el uso, sino por estar guardada tanto tiempo. Un poco despeinada y el vestido azul y blanco lleno de polvo y moho. Qué importancia tenía esto con la inmensa alegría de hallarla. Ya se ocuparía de peinarla y hacerle muchos vestidos, todos con telas muy brillantes y coloridas. Sería la muñeca más linda, despertaría la envidia de todas las niñas del pueblo, las cuales desearían jugar con ella.
Para Mariana en un instante todas las otras cosas ocuparon en su mente un lugar secundario. Lo más importante para ella en estos momentos era la recuperación de su tesoro, su linda muñeca y que ya nadie se la podría quitar. Ahora si estaba dispuesta a luchar, a defenderla, si había alguien con la idea de separarla de ella. A los tres días los vecinos alarmados llamaron al padre Nemesio para informarle que les parecía muy extraño que la joven no hubiese salido de la casa y tenia puertas y ventanas herméticamente cerradas. El sacerdote solicito una orden judicial para abrir la puerta y poder entrar. Dentro de la casa todo estaba fuera de lugar. Mariana en su dormitorio, sentada en el piso abrazando a su muñeca los miraba asustada con los ojos desorbitados, dispuesta, ahora sí, a defender su tesoro hasta la muerte.

Nancy Aguilar Quintero



lunes, 29 de agosto de 2016

LEJANÍA

En la lejanía
tu recuerdo  me entristece.
Hoy nada es igual,
como quisiera que lo fuese.
El ayer perdido
en lontananza
hiere mis entrañas
como lanza aguda.
Quien pudiera
detener el tiempo
en el pasado
y vivir de nuevo lo soñado,
perderse en el azar
y llegar al sitio más deseado.
Avanzada estoy en el camino,
sin recorrer lo debido.
Tristeza, ausencia, letargo,
soy y no existo.
Miro el poder, miro la gloria
y nada aun.
Dolor del ayer trivial,
ansiando volver a él
y renacer lo añorado.
Volver a ser yo
en un pasado cercano.
Hay tiempo aún,
todavía hay esperanza
de ver el triunfo.
Y en un mañana cercano
llorar lo aún no llorado.
¡No comprendí!
La banal existencia me arrastro
detrás de ella y lo deje partir.
Se fue en la primavera
tras la blanca mariposa del verano.
Nancy Aguilar Quintero


viernes, 26 de agosto de 2016

ACORRALADA
                
En la soledad de mi aposento,
los pensamientos se apoderan de mí
desgarrándome el alma.
Me atacan con saña,
con furia desmedida
sin darme tiempo a nada.
A  algunos los conozco,
a otros no, pero todos quieren
destrozarme con sus garras
de tiempos ancestrales.
Quiero escaparme por la ruta
luminosa   que me llevará
de retorno a mi plenitud.
Por fin se ha manifestado
lo que siempre he anhelado


Nancy Aguilar Quintero



martes, 16 de agosto de 2016


AÑORANZA.

En las alas del olvido
te lancé un día a volar.
Un día de primavera
tan triste, tan fugaz.
Te vi partir cual ave
que en su peregrinar
busca ansiosa un refugio
para poder amar.
Triste y sola me quede,
y en mi soledad
ansiaba que volvieras
para no irte jamás.

Nancy Aguilar Quintero


domingo, 7 de agosto de 2016

EL SUEÑO DE UN NIÑO

Todo aquel lio comenzó cuando Javier David leyó una revista sobre astronautas que por casualidad vio en el consultorio del odontólogo donde su madre lo llevó para su chequeo anual. Excelente estudiante y deportista, pertenecía al equipo de fútbol del colegio, donde ostentaba la posición de arquero. Esa mañana lo que  vio en la revista le cambio su comportamiento por completo y ahora sus constantes charlas eran sobre astronautas y viajes espaciales. Tenía  afición a todo lo concerniente a la nueva tecnología y era el primero en poseer los juegos más novedosos y en conocer a la perfección el funcionamiento de los teléfonos celulares y equipos más modernos. El culpable de toda esta situación era su padre, Ingeniero en  Telecomunicaciones, quien hacía poco había comenzado a trabajar en una empresa de telefonía que le prestaba servicios al gobierno y siempre comentaba con su esposa Dalila el deseo que su hijo fuera a estudiar al exterior. Todas estas conversaciones, aunadas a los deseos de Javier David fueron internalizadas en su espíritu de niño y en su mente se forjó la imagen que desearía ser un astronauta famoso y viajar al espacio sideral. Veía programas en la televisión y leía libros todos relacionados con el tema de los viajes espaciales. Hasta sus profesores del colegio, donde estudiaba octavo grado, comenzaron seriamente a preocuparse ya que el niño en sus conversaciones solo hablaba de su sueño contando los días y los meses para  graduarse de bachiller y que sus padres lo enviaran a estudiar lo que el anhelaba. 
—Cuando sea grande y termine mi bachillerato, —decía Javier David– me iré a los Estados Unidos a estudiar para ser astronauta.
Sus padres, orgullosos de él por ser un niño tan buen estudiante, pensaron que quizás algún día sus sueños se hicieran realidad. Constantemente le preguntaba a su primo Daniel José cuánto costaría un viaje para los Estados Unidos.
—Mucho dinero, —decía su primo, –pero el asunto es quedarse a vivir allá, dicen que las universidades son muy costosas.
Por las tardes cuando regresaba de sus clases, se sentaba en el patio de su casa, debajo de un frondoso árbol de mango, a pensar en su futuro y la manera de conseguir el dinero para irse a vivir y estudiar en el exterior. Dalila lo observaba  con preocupación, pensando en la obsesión de su único hijo y como conseguirían el dinero suficiente para cumplir sus deseos. Sus vecinas y amigas trataban de animarla, diciéndole que como Javier David era tan buen estudiante, quizás el gobierno o una empresa privada le otorgaran una beca y ella les refutaba que aquí en este país no realizan esos viajes espaciales por lo cual sería ilógica e innecesaria una ayuda para ese tipo de estudios. Se sentía culpable y responsable  de esta disparatada idea de su hijo por consentirlo mucho.  Si desde un principio  lo hubiese reprendido enérgicamente y no dejarle ver  tanta televisión ni Internet quizás esa idea se le hubiese quitado de la cabeza. Ella misma al principio le decía como el refrán popular “que más hace el que quiere que el que puede” y algún día tendríamos un astronauta en la familia. Como lamentaba todo esto al observar el comportamiento retraído de Javier David que ya casi no hablaba con familiares ni amigos, solo pensando en su futuro. Una tarde, al regresar del colegio, su mamá le sirvió la merienda y después se fue al patio, como era su costumbre y se sentó debajo del árbol de mango a reposar un rato antes de cenar y hacer las tareas. Se imaginó vestido de astronauta tripulando una nave espacial. Saldría en todos los periódicos y las televisoras del mundo. ¡El primer venezolano en viajar al espacio exterior! ¡Seria famoso!  Todos desearían entrevistarlo.
—Astronauta Javier David Pérez,  —¿Que sintió al pisar por primera vez el planeta Licifedad?
Estos eran los pensamientos de Javier David  cuando de pronto vio un punto luminoso en el cielo, como una estrella muy brillante, que hacía mucho ruido y se acercaba a gran velocidad en dirección al lugar donde él estaba. A medida que se acercaba vio que se trataba de una nave en forma circular, con una cúpula con numerosas ventanillas de las cuales salían luces muy potentes, de diversos colores que iluminaron todo el patio. Javier David sintió un poco de miedo pero a la vez mucha curiosidad. De pronto la nave se posó sobre la arena, se abrió una puerta y a través de  una escalerilla, bajaron dos criaturas diminutas de color rojizo pálido, parecidas a los humanos, que se acercaron a él.
—Nos hemos enterado que quieres visitar nuestro planeta, —le dijo el que parecía ser el jefe de la nave.
—Sí, ese ha sido mi sueño desde hace tiempo, —contesto Javier David
—A través de ondas ultra sensoriales tus pensamientos han llegado ante nosotros y hemos venido a buscarte para que conozcas nuestro mundo.
—Eso sería maravilloso, —dijo Javier David, —¿y cómo se llaman ustedes?
—Yo me llamo Roam, —dijo el jefe,  —y mi compañero Dadbon. —Conocemos tu idioma, ya que en nuestro planeta la ciencia está muy adelantada.
Javier David los siguió en silencio, y con un poco de temor y desconfianza. Pero su curiosidad rebasaba su miedo. Adentro de la nave, le dieron una ropa especial para que se fuera adaptando a la atmosfera de Licifedad. Se escuchó un ruido ensordecedor y la nave despego. Durante el recorrido, ellos conversaron con Javier sobre sus costumbres y leyes. Era tal la velocidad de la nave, que al poco rato ya estaban en el planeta Licifedad. Lo que vio lo dejo maravillado. Todos los habitantes eran muy amables, no peleaban ni gritaban. Todo lo compartían. Allí no había guerras y se sentía una paz y felicidad total. No había países pobres ni ricos. Se respetaban entre si y vivían en paz y armonía. Tenían bellas y espaciosas viviendas, se vestían muy bien y los alimentos eran abundantes. Existían grandes parques, con árboles hermosos y frondosos  con toda clase de diversión. Todas las personas tenían un trabajo gratificante. No se veían por las calles  pordioseros, ni mendigos ni animales desprotegidos. Y todos los niños asistían  a la escuela.
—¡Qué mundo tan hermoso y ordenado! —exclamo Javier David…si la Tierra llegara a ser así.
—Ese día pronto llegará, —le dijo Dadbon, cuando los terrícolas dejen de pelear entre si y comprendan que solo el amor a Dios y a nuestro  prójimo puede traer la verdadera felicidad y paz.
Roam intervino y dijo, —No te preocupes, ya está próximo el día que en la Tierra se acabaran las guerras y odios de hermanos contra hermanos. Los terrícolas tienen que comprender que la mayor felicidad es la que se comparte y que el odio y la guerra no resuelven ningún problema. Te hemos escogido a ti para que lleves este mensaje a la Tierra y cuentes lo que has visto.
—¡Qué bello es este mundo! —dijo Javier —cuando lo cuente no lo creerán.
Por supuesto que te van a creer —dijo Dadbon,  —ya verás que sí.
—¡Que lastima que tenga que irme y abandonar este mundo tan perfecto! —exclamó Javier, —pero tengo que regresar con los míos.
—Javier, despierta que te has quedado dormido y estabas hablando en sueños,  —levántate, que tienes que hacer las tareas.
Javier se levantó sobresaltado, al oír la voz de su mamá y se dirigió a su casa pensando si contarle a la familia su maravilloso sueño sin que se burlaran de él. Mientras tanto, detrás del árbol de mango, dos seres diminutos de color rojizo sonreían.

Nancy Aguilar Quintero 

sábado, 23 de julio de 2016

DESORIENTADA


Eran las ocho de la noche y Camila apresuró el  paso por aquella calle solitaria. La mayoría de las  casas estaban derruidas y en escombros ya que la municipalidad había decidido remodelar varias manzanas porque  eran viviendas de muchos años y le daban un aspecto muy feo a la ciudad. Sentía mucho miedo al pasar por allí pero era el único camino viable para llegar a la autopista y tomar el autobús que la conduciría  a su hogar. Estudiaba computación e inglés por las noches en un instituto  del centro de la ciudad y su propósito era culminarlos para poder ascender en su trabajo. Era recepcionista en una entidad bancaria de mucho prestigio y aspiraba a un mejor puesto.  De pronto sintió un leve ruido como pasos muy tenues pero persistentes detrás de ella y no se atrevía a voltear ya que estaba casi  paralizada de terror. Alguien la seguía y ella no sabía con qué intenciones.  Aquella cuidad se había convertido en un sitio muy inseguro, sobre todo de noche. En un momento pensó que eran ideas suyas, ya que al pasar por esa calle, muy solitaria y con la mayoría de las casas deshabitadas le producía escalofríos.  Se encomendó a las ánimas del purgatorio y a su Ángel de la Guarda siguiendo los consejos de su madre que siempre le decía que en caso de sentir peligro les rezara y que eran muy milagrosos.  De pronto vio que una de las casas estaba iluminada con mucha gente afuera y adentro y sin pensarlo dos veces entró. Era un velorio. Se sentó al lado de una señora que rezaba cabizbaja un rosario y espero un buen rato tratando de tranquilizarse.  Estaba muy nerviosa y asustada. Transcurrió como una hora  y algunas personas comenzaron a marcharse  caminando hacia la autopista. Ella se fue junto a ellas pero ni siquiera miró sus caras. Al día siguiente en la mañana se  propuso pasar por la calle antes de llegar a su trabajo. Quería hacer una oración por el difunto o difunta para  agradecerle que la hubiese librado de quien sabe que percance. Llegó a la casa y solo consiguió escombros. Allí no había nadie y se notaba que la habían desocupado hacía mucho tiempo. Camila no salía de su asombro. Preguntó a un señor de un quiosco cercano que vendía café y periódicos. El señor le dijo que, según contaban por ahí, en esa casa vivió hacía muchos años una señora muy caritativa y generosa. Cuando murió mucha gente vino a sus funerales  para agradecerles sus favores. Camila se quedó muy desconcertada pensando en que acertados y precisos son los  consejos de una madre.
Nancy Aguilar Quintero
Abril 2009


sábado, 16 de julio de 2016

La plaza

La noticia corrió como pólvora. Como dice el refrán “pueblo pequeño, infierno grande”. Dimas, el pordiosero mocho que pedía limosna frente a la plaza, se enteró de la novedad, al ver el alboroto de la gente y sin pensarlo dos veces tomo su muleta, corrió a la iglesia a poner al tanto al cura Olegario  Arreaza que acababa de terminar la misa y se disponía a cenar. Era un poco más de las siete de la noche y algo había pasado con el anciano, que visitaba todas las tardes la plaza que quedaba justo frente a la iglesia. Se contaba en el pueblo que este anciano llegó un mes de mayo hacía muchos años, cuando la  primavera estaba en su apogeo y los campos reverdecían con una variedad increíble de flores.  Fue en la época de la Guerra Civil cuando el país estaba convulsionado y el caos reinaba por todas partes. Era un mozo idealista y soñador y la  tropa donde servía como soldado lo  dejo malherido, con un golpe en la cabeza, a las puertas de aquel mísero dispensario que ni medico tenía y era atendido por una enfermera, solicita y amable, que a duras penas le prestó los primeros auxilios con lo poco que tenían. Desde el comienzo de  la guerra no recibían ninguna ayuda gubernamental. Aquel pueblo perdido en el mapa, inexistente para las autoridades  se llamaba Pozo Viejo y el anciano que para ese tiempo tendría unos veintitrés años se llamaba Anselmo Peralta. Se había alistado en el ejército pocos días antes que comenzara la guerra, llevado más por el afán de aventuras, de salir de aquella cotidianidad aburrida y asfixiante, que por patriotismo. Nunca pensó que serían tan terribles los momentos que pasaría en el frente de batalla. Hambre, frió, desprecios de sus superiores. En las noches heladas a campo abierto sin poder dormir  y con poco abrigo pensaba- ¡Dios mío que absurda y terrible es la guerra, cuanto odio entre hermanos! Cuando ocurrió el accidente de su esposa, Anselmo siempre erguido y elegante, se tornó triste, taciturno, cabizbajo y de caminar encorvado. Su único consuelo y momento de sosiego era visitar la plaza del pueblo. ¡Su amada plaza! Así se  refería a ese lugar de esparcimiento y descanso al que acudía diariamente  a las cuatro en punto de la tarde. Los únicos momentos que dejó de visitarla fueron los nueve días posteriores al fallecimiento de Agripina, su esposa. Sucedió que ella limpiando un viejo armario perdió el equilibrio y cayó. Fractura de fémur, dijo el médico que la atendió, dolencia de la cual nunca se recuperó y la tenía inválida desde meses atrás. Seis largos meses durante los cuales Anselmo demostró todo el amor y generosidad que puede tener un ser humano hacia la persona que compartió su vida durante tantos años. Se conocieron desde el primer día que llegó al pueblo. Era la enfermera que le vendó las heridas y lo trató con tanto cariño como nadie lo había hecho hasta entonces. Fue amor o atracción a primera vista. Se casaron al mes. A él nadie lo esperaba en la capital. Nunca conoció a sus padres y por caridad fue criado por las monjas  en  el orfanato de San Jerónimo.  Vivía en una pensión y su trabajo como encargado de una sastrería de prestigio lo aburría enormemente. Ella vivía con su único hermano, mayor que ella en una pequeña granja a las afueras del pueblo, donde cultivaban hortalizas, crisantemos y violetas con las cuales adornaba el altar de la Virgen de la pequeña iglesia. Los primeros años de su vida de casados fueron de una magia y compenetración total. Él era alegre y dicharachero, ella en cambio muy ordenada y meticulosa. Al principio vivieron con su hermano, pero  los problemas nunca faltan ya que la granja era muy pequeña para  albergar a tantas personas. Anselmo cuando finalizó la guerra viajó con su esposa a la capital y con lo poco que le pagaron por la liquidación de su trabajo regresaron al pueblo para establecerse allí. Alquilaron una pequeña casita a varias cuadras de la plaza, donde él con mucho esfuerzo comenzó a trabajar el arte de la sastrería el cual conocía muy bien. Agripina se convirtió en su inseparable compañera, apoyándolo en todos los proyectos, que ella llamaba “locuras de su marido”. Era su mano derecha y él todo se lo consultaba. Al cabo de un año la sastrería creció tanto que hubo de emplear dos cortadoras y dos modistas. Compraron la pequeña casa la cual fue remodelada totalmente en una hermosa casona de estilo barroco. Y  en el solar grande que tenía al lado fue construida la sastrería El Traje Perfecto, cuya fama rebaso los límites del poblado extendiéndose a los pueblos vecinos cuyos habitantes siempre salían satisfechos por la calidad de los trajes y el buen trato de los dueños. Cuando ocurrió la desgracia como Anselmo llamó a la caída de su esposa se levantaba  muy temprano al  despuntar el alba  para preparar el café y pan tostado a la enferma. Jamás pronuncio una queja y siempre se mostraba animoso delante de Agripina  haciendo hasta lo imposible por hacerla feliz, y ella al verlo alegre  se sentía tranquila y regocijada de tener a alguien que la amara tanto. Le contaba anécdotas e historias con tal de verla sonreír. Fue para esa época que Anselmo decidió vender la sastrería. Primero se la dio en consignación a un primo de Faustino el gallego dueño de la taberna que se enamoró de ella con sólo verla. Después se la vendió para dedicarse por completo al cuidado de Agripina a quien no le dijo nada. Cuando ella se enteró lloró desconsoladamente, pero no comentó nada para no herir más los sentimientos de su esposo, pero a partir de ese día algo se rompió en su corazón. La vida les cambio por completo. Ahora por las tardes, después del almuerzo, Anselmo ayudaba a una sobrina de su esposa que la atendía durante el día. Luego hacia una corta siesta hasta las tres y media cuando salía a caminar y se dirigía a la plaza del pueblo llegando un poco antes de las cuatro, ya que el trayecto no era largo y el trataba de caminar despacio para disfrutar del paseo. Permanecía allí hasta las siete de la noche. Eran tras horas de esparcimiento, recreación, diversión y meditación disfrutando a plenitud cada instante de las cosas sencillas que la vida le brindaba. Se extasiaba contemplando los árboles frondosos, las flores, el trinar de los pájaros, el corretear de los niños. Escuchaba con verdadero deleite el repique de las campanas de la iglesia cercana llamando a misa, el paso de  la señora italiana, esposa del dueño de la panadería, que lo saludaba y siempre le preguntaba con su español mal pronunciado por la salud de su esposa. La pareja de novios que se citaban todos los jueves a las cinco en punto. Cuando Anselmo estaba en la plaza se olvidaba de todos sus problemas. Algo irreal se apoderaba de su alma, haciéndole sentir una paz y felicidad interior perfecta. Si de él dependiera se quedaría más tiempo allí. No cambiaba esos momentos mágicos por nada en el mundo. La salida de las personas de la iglesia, la señora italiana cuando regresaba a su casa le indicaba que era hora de regresar al hogar  ya que Martina, que así se llamaba la sobrina de su esposa, solo esperaba su llegada para marcharse. La cena siempre estaba servida y Agripina lo esperaba recostada en la cama para cenar juntos. Martina se esmeraba en colocar un mantel de lino blanco inmaculado y el servicio de porcelana china, regalo de su boda en la bandeja donde su tía cenaría. Después rezaban juntos una oración y Anselmo  se daba a la tarea de cerrar puertas y ventanas de la amplia y señorial casona donde vivían. No habían tenido hijos. Quizás fue la falta de ellos lo que propicio que la pareja se compenetrara más con amor y dedicación del uno hacia el otro. Después de los funerales, al volver a la amplia casona, por primera vez en muchos años, Anselmo se sintió verdaderamente solo. Martina no lo acompañaría más, ya no había nadie a quien cuidar. Solitario y triste, sintió unas ganas inmensas de llorar, ya que delante de amigos y conocidos demostró un comportamiento digno de un rey. Se mantuvo firme y erguido, con la cabeza en alto al recibir las condolencias. Ese día no cenó y se fue al dormitorio más temprano que nunca. En los nueve días siguientes a la muerte de Agripina, por las tardes en vez de ir a la plaza iba al cementerio. Le llevaba crisantemos y violetas, sus flores preferidas las cuales buscaba en la granja de su cuñado. Al regresar a su casa ya lo esperaban amigos y vecinos para rezar el novenario. Al décimo día después de los funerales cuando preparaba la cena, en la amplia cocina de la vieja casona, se acordó que hacía días no visitaba la plaza. Se sintió más animado y tranquilo. ¡La plaza! Que gratos recuerdos venían a su memoria. Y se prometió a si mismo que iría al siguiente día. Pensó  incluso que podría ir en las mañanas y en las tardes. No tendría que almorzar en la casa. Visitaría la taberna de su viejo amigo, el gallego, quien preparaba unos platos exquisitos.  Estaría todo el día fuera de la casa, ya que ésta cada vez se le tornaba más triste y sombría. Regresaría tarde por la noche solo a dormir. A la mañana siguiente se levantó más temprano que de costumbre. Preparó café y lo bebió con verdadera delicia. Siempre disfruto mucho del café. Recordó con ternura cuando Agripina le decía que no lo tomara de noche ya que le producía insomnio. Llegó a la plaza cuando todavía era muy temprano. Compró el periódico en el quiosco de la esquina. Se sentía libre, casi feliz. Pasó todo el día caminando, saludando y conversando con las personas que conseguía  en su trayecto. Almorzó en la taberna como había pensado. La comida le pareció verdaderamente deliciosa. Filete de mero al ajillo con papas al vapor. Se quedó allí hasta la tarde conversando y sorbiendo un sabroso café, que siempre era cortesía de Faustino. Al volver a la plaza la encontró mucho más radiante que en la mañana. El sol de abril brillaba en el firmamento y una brisa suave y fresca le acaricio el rostro. Caminó y la recorrió por completo disfrutando cada paso, grabando en su memoria cada detalle. Se sentó en una banca, entorno los ojos y se dispuso a dormir un rato. Se sentía maravillosamente bien. Entre el sueño y la vigilia vio a Agripina. Estaba hermosa y jovial como cuando se conocieron aquel día lejano en el dispensario del pueblo. Tenía puesto su vestido floreado más hermoso, el que se ponía para ocasiones especiales. Ella le hablaba, veía el movimiento de sus labios pero él no la escuchaba. Observo a algunos niños cerca, oía sus voces, sus risas. Sonaron las campanas de la iglesia llamando a misa. A las siete en punto de la noche los niños que jugaban llamaron al vigilante de la plaza para decirle que el señor Anselmo tenía mucho rato profundamente dormido en una banca.

Nancy Aguilar Quintero

DESORIENTADA Eran las ocho de la noche y Camila apresuró el paso por aquella calle solitaria. La mayoría de las casas estaban derru...