domingo, 12 de junio de 2016

La marcha fatal.

Cada vez que pienso en esos ojitos tristes, resignados y recuerdo esa carita con un tapaboca, de verdad se me arruga el corazón. Y no es que yo sea muy blandito. Desde pequeño lo demostré. En el barrio, en la escuela, doquiera que hubiese una pelea, ahí estaba yo como protagonista, sin importar si el pleito era conmigo o no.  Como decía mi abuela -este muchacho tiene un  carácter aguerrido y fuerte, ya dice lo que va a ser, ¡es perfecto para ser militar! Y yo internalicé sus consejos y al cumplir los dieciocho años me presente como voluntario al ejército. Inmediatamente me aceptaron. Tenía la estatura y el perfil requerido. Soy apenas Cabo Segundo, no es mucho pero en el barrio donde vivo ser militar  da cierto prestigio. Pero todo cambio para mí  el día de la marcha, de esa bendita marcha para no decir otra cosa que ofenda más a Dios, cuando sacaron a  los niños enfermos a la calle a protestar para solicitar medicinas al Ministro de Salud. Y es que las marchas se han convertido en  una institución en este  país. Todos los días hay varias.  La gente se está muriendo de mengua y hambre. No hay medicinas, ni comida, ni agua, ni electricidad. Todo  es un caos. El estado de derecho se fue por la alcantarilla. ¡Esto se lo llevo el carajo! Pero tengo que callarme y no decir nada y tragarme las palabras que se me atoran en la garganta. Claro como  trabajo para el gobierno  y ahorita como están las cosas si miras mal a un Superior o dices cualquier tontería te tildan de traidor. Ese día yo no tendría que estar ahí. A última hora me llamó mi Superior para suplir a un compañero que se enfermó de dengue. Y allí estaba yo, con mi armamento deteniendo el paso de la gente. Y de pronto  vi a ese niño tan triste y desamparado, sosteniendo con sus manos  aquel cartel  que le tapaba el pecho, con grandes letras  escritas con marcador sobre papel bond o cartón. ¡Yo que sé! Solo sé  que decía ¡Quiero curarme, Paz  y Salud!  Tendría a lo sumo nueve o diez  años y podría haber sido  mi hermanito o  mi sobrino. Nuestras miradas se cruzaron y en la de él  hubo un interrogante,  sin comprender por qué estaba de frente a toda esa gente con mi fusil dispuesto a todo. Tenía cáncer. Uno de esos que dan en la sangre con un nombre bien raro que no recuerdo.  Salió a marchar  con su mamá y su abuela, pensando que el gobierno se ablandaría al verlo tan desprotegido y suplicante. Pero no, este gobierno de ladrones y corruptos no se enternecen con las necesidades y carencias del pueblo. A los tres días falleció. Me enteré cuando un compañero me envió un mensaje por WhatsApp. La noticia estaba en todos los periódicos y las redes sociales.  Y lo más triste y aterrador para mí fue verme al lado del niño en la foto que divulgaron.  Hoy en el barrio me miran con cierto recelo y bajan la cabeza como para no saludarme. ¡Qué ironía!  Me tenía que tocar a mí. Lo único que les falta es que me llamen asesino. ¡Y si supieran!   En lo profundo de mi alma y corazón  así me siento. ¡Qué rabia e impotencia tengo! Quisiera gritar y decir a todos que no, que yo no debía  estar allí. Que fue un error. Pedir perdón si es posible. Pero ya para qué. El mal está hecho. Ya nada, absolutamente nada volverá a ser como antes.
Nancy Aguilar Quintero
Ciudad de Panamá, lunes 30 de mayo de 2016


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