lunes, 29 de agosto de 2016

LEJANÍA

En la lejanía
tu recuerdo  me entristece.
Hoy nada es igual,
como quisiera que lo fuese.
El ayer perdido
en lontananza
hiere mis entrañas
como lanza aguda.
Quien pudiera
detener el tiempo
en el pasado
y vivir de nuevo lo soñado,
perderse en el azar
y llegar al sitio más deseado.
Avanzada estoy en el camino,
sin recorrer lo debido.
Tristeza, ausencia, letargo,
soy y no existo.
Miro el poder, miro la gloria
y nada aun.
Dolor del ayer trivial,
ansiando volver a él
y renacer lo añorado.
Volver a ser yo
en un pasado cercano.
Hay tiempo aún,
todavía hay esperanza
de ver el triunfo.
Y en un mañana cercano
llorar lo aún no llorado.
¡No comprendí!
La banal existencia me arrastro
detrás de ella y lo deje partir.
Se fue en la primavera
tras la blanca mariposa del verano.
Nancy Aguilar Quintero


viernes, 26 de agosto de 2016

ACORRALADA
                
En la soledad de mi aposento,
los pensamientos se apoderan de mí
desgarrándome el alma.
Me atacan con saña,
con furia desmedida
sin darme tiempo a nada.
A  algunos los conozco,
a otros no, pero todos quieren
destrozarme con sus garras
de tiempos ancestrales.
Quiero escaparme por la ruta
luminosa   que me llevará
de retorno a mi plenitud.
Por fin se ha manifestado
lo que siempre he anhelado


Nancy Aguilar Quintero



martes, 16 de agosto de 2016


AÑORANZA.

En las alas del olvido
te lancé un día a volar.
Un día de primavera
tan triste, tan fugaz.
Te vi partir cual ave
que en su peregrinar
busca ansiosa un refugio
para poder amar.
Triste y sola me quede,
y en mi soledad
ansiaba que volvieras
para no irte jamás.

Nancy Aguilar Quintero


domingo, 7 de agosto de 2016

EL SUEÑO DE UN NIÑO

Todo aquel lio comenzó cuando Javier David leyó una revista sobre astronautas que por casualidad vio en el consultorio del odontólogo donde su madre lo llevó para su chequeo anual. Excelente estudiante y deportista, pertenecía al equipo de fútbol del colegio, donde ostentaba la posición de arquero. Esa mañana lo que  vio en la revista le cambio su comportamiento por completo y ahora sus constantes charlas eran sobre astronautas y viajes espaciales. Tenía  afición a todo lo concerniente a la nueva tecnología y era el primero en poseer los juegos más novedosos y en conocer a la perfección el funcionamiento de los teléfonos celulares y equipos más modernos. El culpable de toda esta situación era su padre, Ingeniero en  Telecomunicaciones, quien hacía poco había comenzado a trabajar en una empresa de telefonía que le prestaba servicios al gobierno y siempre comentaba con su esposa Dalila el deseo que su hijo fuera a estudiar al exterior. Todas estas conversaciones, aunadas a los deseos de Javier David fueron internalizadas en su espíritu de niño y en su mente se forjó la imagen que desearía ser un astronauta famoso y viajar al espacio sideral. Veía programas en la televisión y leía libros todos relacionados con el tema de los viajes espaciales. Hasta sus profesores del colegio, donde estudiaba octavo grado, comenzaron seriamente a preocuparse ya que el niño en sus conversaciones solo hablaba de su sueño contando los días y los meses para  graduarse de bachiller y que sus padres lo enviaran a estudiar lo que el anhelaba. 
—Cuando sea grande y termine mi bachillerato, —decía Javier David– me iré a los Estados Unidos a estudiar para ser astronauta.
Sus padres, orgullosos de él por ser un niño tan buen estudiante, pensaron que quizás algún día sus sueños se hicieran realidad. Constantemente le preguntaba a su primo Daniel José cuánto costaría un viaje para los Estados Unidos.
—Mucho dinero, —decía su primo, –pero el asunto es quedarse a vivir allá, dicen que las universidades son muy costosas.
Por las tardes cuando regresaba de sus clases, se sentaba en el patio de su casa, debajo de un frondoso árbol de mango, a pensar en su futuro y la manera de conseguir el dinero para irse a vivir y estudiar en el exterior. Dalila lo observaba  con preocupación, pensando en la obsesión de su único hijo y como conseguirían el dinero suficiente para cumplir sus deseos. Sus vecinas y amigas trataban de animarla, diciéndole que como Javier David era tan buen estudiante, quizás el gobierno o una empresa privada le otorgaran una beca y ella les refutaba que aquí en este país no realizan esos viajes espaciales por lo cual sería ilógica e innecesaria una ayuda para ese tipo de estudios. Se sentía culpable y responsable  de esta disparatada idea de su hijo por consentirlo mucho.  Si desde un principio  lo hubiese reprendido enérgicamente y no dejarle ver  tanta televisión ni Internet quizás esa idea se le hubiese quitado de la cabeza. Ella misma al principio le decía como el refrán popular “que más hace el que quiere que el que puede” y algún día tendríamos un astronauta en la familia. Como lamentaba todo esto al observar el comportamiento retraído de Javier David que ya casi no hablaba con familiares ni amigos, solo pensando en su futuro. Una tarde, al regresar del colegio, su mamá le sirvió la merienda y después se fue al patio, como era su costumbre y se sentó debajo del árbol de mango a reposar un rato antes de cenar y hacer las tareas. Se imaginó vestido de astronauta tripulando una nave espacial. Saldría en todos los periódicos y las televisoras del mundo. ¡El primer venezolano en viajar al espacio exterior! ¡Seria famoso!  Todos desearían entrevistarlo.
—Astronauta Javier David Pérez,  —¿Que sintió al pisar por primera vez el planeta Licifedad?
Estos eran los pensamientos de Javier David  cuando de pronto vio un punto luminoso en el cielo, como una estrella muy brillante, que hacía mucho ruido y se acercaba a gran velocidad en dirección al lugar donde él estaba. A medida que se acercaba vio que se trataba de una nave en forma circular, con una cúpula con numerosas ventanillas de las cuales salían luces muy potentes, de diversos colores que iluminaron todo el patio. Javier David sintió un poco de miedo pero a la vez mucha curiosidad. De pronto la nave se posó sobre la arena, se abrió una puerta y a través de  una escalerilla, bajaron dos criaturas diminutas de color rojizo pálido, parecidas a los humanos, que se acercaron a él.
—Nos hemos enterado que quieres visitar nuestro planeta, —le dijo el que parecía ser el jefe de la nave.
—Sí, ese ha sido mi sueño desde hace tiempo, —contesto Javier David
—A través de ondas ultra sensoriales tus pensamientos han llegado ante nosotros y hemos venido a buscarte para que conozcas nuestro mundo.
—Eso sería maravilloso, —dijo Javier David, —¿y cómo se llaman ustedes?
—Yo me llamo Roam, —dijo el jefe,  —y mi compañero Dadbon. —Conocemos tu idioma, ya que en nuestro planeta la ciencia está muy adelantada.
Javier David los siguió en silencio, y con un poco de temor y desconfianza. Pero su curiosidad rebasaba su miedo. Adentro de la nave, le dieron una ropa especial para que se fuera adaptando a la atmosfera de Licifedad. Se escuchó un ruido ensordecedor y la nave despego. Durante el recorrido, ellos conversaron con Javier sobre sus costumbres y leyes. Era tal la velocidad de la nave, que al poco rato ya estaban en el planeta Licifedad. Lo que vio lo dejo maravillado. Todos los habitantes eran muy amables, no peleaban ni gritaban. Todo lo compartían. Allí no había guerras y se sentía una paz y felicidad total. No había países pobres ni ricos. Se respetaban entre si y vivían en paz y armonía. Tenían bellas y espaciosas viviendas, se vestían muy bien y los alimentos eran abundantes. Existían grandes parques, con árboles hermosos y frondosos  con toda clase de diversión. Todas las personas tenían un trabajo gratificante. No se veían por las calles  pordioseros, ni mendigos ni animales desprotegidos. Y todos los niños asistían  a la escuela.
—¡Qué mundo tan hermoso y ordenado! —exclamo Javier David…si la Tierra llegara a ser así.
—Ese día pronto llegará, —le dijo Dadbon, cuando los terrícolas dejen de pelear entre si y comprendan que solo el amor a Dios y a nuestro  prójimo puede traer la verdadera felicidad y paz.
Roam intervino y dijo, —No te preocupes, ya está próximo el día que en la Tierra se acabaran las guerras y odios de hermanos contra hermanos. Los terrícolas tienen que comprender que la mayor felicidad es la que se comparte y que el odio y la guerra no resuelven ningún problema. Te hemos escogido a ti para que lleves este mensaje a la Tierra y cuentes lo que has visto.
—¡Qué bello es este mundo! —dijo Javier —cuando lo cuente no lo creerán.
Por supuesto que te van a creer —dijo Dadbon,  —ya verás que sí.
—¡Que lastima que tenga que irme y abandonar este mundo tan perfecto! —exclamó Javier, —pero tengo que regresar con los míos.
—Javier, despierta que te has quedado dormido y estabas hablando en sueños,  —levántate, que tienes que hacer las tareas.
Javier se levantó sobresaltado, al oír la voz de su mamá y se dirigió a su casa pensando si contarle a la familia su maravilloso sueño sin que se burlaran de él. Mientras tanto, detrás del árbol de mango, dos seres diminutos de color rojizo sonreían.

Nancy Aguilar Quintero