miércoles, 14 de septiembre de 2016

DESORIENTADA

Eran las ocho de la noche y Camila apresuró el  paso por aquella calle solitaria. La mayoría de las  casas estaban derruidas y en escombros ya que la municipalidad había decidido remodelar varias manzanas porque  eran viviendas de muchos años y le daban un aspecto muy feo a la ciudad. Sentía mucho miedo al pasar por allí pero era el único camino viable para llegar a la autopista y tomar el autobús que la conduciría  a su hogar. Estudiaba computación e inglés por las noches en un instituto  del centro de la ciudad y su propósito era culminarlos para poder ascender en su trabajo. Era recepcionista en una entidad bancaria de mucho prestigio y aspiraba a un mejor puesto.  De pronto sintió un leve ruido como pasos muy tenues pero persistentes detrás de ella y no se atrevía a voltear ya que estaba casi  paralizada de terror. Alguien la seguía y ella no sabía con qué intenciones.  Aquella cuidad se había convertido en un sitio muy inseguro, sobre todo de noche. En un momento pensó que eran ideas suyas, ya al pasar por esa calle, muy solitaria y con la mayoría de las casas deshabitadas le producía escalofríos.  Se encomendó a las ánimas del purgatorio y a su Ángel de la Guarda siguiendo los consejos de su madre que siempre le decía que en caso de sentir peligro les rezara y que eran muy milagrosos.  De pronto vio que una de las casas estaba iluminada  con mucha gente afuera y adentro y sin pensarlo dos veces entró. Era un velorio. Se sentó al lado de una señora que rezaba cabizbaja un rosario y espero un buen rato tratando de tranquilizarse ya que estaba muy nerviosa y asustada. Transcurrió como una hora y algunas personas comenzaron a marcharse  caminando hacia la autopista. Ella se fue junto a ellas pero ni siquiera miró sus caras prometiéndose que al día siguiente en la mañana se  pasaría por esa calle antes de llegar a su trabajo. Quería hacer una oración por el difunto o difunta en   agradecimiento que la hubiese librado de quien sabe que percance. Llegó a la casa y solo consiguió ruinas. Allí no había nadie y se notaba que la habían desocupado hacía mucho tiempo. Camila no salía de su asombro. Preguntó a un señor de un quiosco cercano que vendía café y periódicos. El señor le dijo que, según contaban por ahí, en esa casa vivió hacía muchos años una señora muy caritativa y generosa. Cuando murió mucha gente vino a sus funerales  para agradecerles sus favores. Camila se quedó muy desconcertada pensando en que acertados y precisos son los  consejos de una madre.
Nancy Aguilar Quintero
Abril 2009


miércoles, 7 de septiembre de 2016

LA MUÑECA

Clotilde había muerto. Mariana, su única hija de veinte años, se sintió más desamparada que nunca. Habían transcurrido catorce años desde aquella tarde calurosa del mes de abril cuando su madre la llevo a conocer el circo que días antes se había instalado en las afueras del pueblo. Mariana, una niña de apenas seis años, demasiado alta para su edad, recordaba perfectamente los acontecimientos de aquel día, grabados en su memoria para siempre, como si el tiempo se hubiese detenido en una imagen persistente. Ese día maravilloso y grandioso, su madre le compro su primera muñeca. Era preciosa, con rizos dorados y vestido azul y blanco con zapatos y todo…y que al moverla decía “mamá”. ¡Que sueños e ilusión para una niña acostumbrada a la soledad! De pronto su pequeño mundo triste y limitado a las paredes de su casa se amplió con una nueva esperanza. Su madre, una mujer endurecida por el trabajo y los desencantos de la vida, nunca se había preocupado por esas nimiedades de los juguetes como ella decía, a los cuales consideraba un gasto innecesario. Fue la tarde más feliz de la niña. Los payasos, los trapecistas, el enorme oso que hacia llorar con sus gruñidos al niño pálido sentado delante de ellas fueron atracciones secundarias comparadas con la inmensa alegría y satisfacción que sentía al acariciar su muñeca. Al terminar la función su madre le compro una enorme chupeta roja que Mariana saboreo con verdadera delicia de regreso a su casa.
Vivía Clotilde con su hija y una prima lejana llamada Evarista, que le servía de compañía y a la vez le ayudaba con los quehaceres domésticos, en una pequeña casa situada en las afueras del pueblo, pintada de blanco con techos rojos y un hermoso jardín en contorno. Esta casa y una pensión vitalicia que ella cobraba cada fin de mes, fue el único patrimonio que le dejo su marido al morir. Como esta apenas alcanzaba para subsistir, Clotilde, mujer emprendedora, estableció en su casa una pequeña dulcería que ocupaba casi todo su tiempo y cuyos ingresos le permitían cubrir los gastos del hogar, colegio de la niña y alguno que otro pequeño lujo. Ese contacto amoroso que debe existir entre padres e hijos, sobre todo en la infancia, no existió nunca entre ellas. Clotilde se levantaba al despuntar el alba para atender su pequeño negocio de dulces, dejando todas las otras labores hogareñas en manos de su prima, incluyendo el cuidado de la pequeña Mariana, que pasaba la mayor parte de la tarde, después de regresar de la escuela, jugando sola en su cuarto. Fue este aislamiento de la madre y el poco compartir con otros niños, lo que forjo la personalidad solitaria y taciturna de Mariana. Recordaba ella el día que Evarista entro sofocada en su cuarto la tomo en brazos y corriendo la llevo hasta la puerta para que viera el desfile de payasos, trapecistas, bailarines y animales del circo que había llegado al pueblo unas horas antes. Pasaron los días y la niña espero con paciencia, sin atreverse a pedirlo, que su madre la llevara al circo, que ya de antemano la emocionaba. Que angustia e incertidumbre sentía el alma de la niña esperando el gran momento. Este llegó un sábado  cuando Clotilde ordeno a Evarista que la vistiera porque irían a la función vespertina del circo, que desde tempranas horas un camión con su parlante invitaba a los residentes del pueblo  a la función de la tarde ya que había un descuento de la mitad del precio de la entrada. Ese fue el día, grandioso para ella, que su madre le compro la muñeca. En la noche se durmió más temprano que nunca, abrazada a ella, considerándola su tesoro más preciado. Esa noche tuvo sueños anhelados, su madre amorosa jugaba con ella.
Como sucede en todos los sueños, siempre hay un despertar. Para Mariana ese despertar se transformo en una pesadilla de la cual no había posibilidades de escape. Su miedo, aunado a la impotencia de no poder protestar  ante una madre excesivamente rígida e imperiosa, se convirtió en terror ante la realidad que se presentaba ante su alma impúber, sedienta de afecto. Su muñeca, su tesoro, con la que había jugado tan feliz la tarde anterior, estaba colocada cuidadosamente encima de la repisa de su cuarto, inalcanzable, lejana. Acostumbrada a reprimir sus emociones y sentimientos delante de su madre y de cualquier persona mayor, esta vez el dique se rompió fluyendo a caudales. Lloro hasta el atardecer, pero su madre ocupada como estaba en los preparativos de los dulces, apenas si se dio cuenta de su llanto. La decisión estaba tomada. La muñeca se quedaba donde estaba por ordenes de su madre. Según ella, lucia mejor en la repisa que en las manos de la niña, ya que esta podría dañarla, ensuciarla  y perdería su encanto. Desconociendo totalmente la naturaleza infantil, Clotilde  no comprendía que precisamente el encanto de los juguetes esta en las manos de los niños. Los años fueron pasando y Mariana se convirtió en una hermosa joven, que solo tenía contacto con su madre, ya que esta le había prohibido todo trato con personas de su edad. Evarista se marcho un día sin dar ninguna explicación y solo ella y su madre compartían los momentos de soledad y de tristeza. A los veinte años no había tenido novio, ni siquiera un amigo y sus perspectivas de la vida terminaban en la puerta de su casa. Cuando su madre enfermo de gravedad, solo el cura del pueblo solía visitarlas, no porque sintiera afecto por la enferma, que nunca fue ni siquiera a misa, sino por un alto sentido de la caridad. Murió Clotilde una fresca mañana de primavera, sin haber exhalado un solo quejido, rígida y autoritaria como fue durante toda su vida. En su lecho de enferma le hizo jurar a Mariana que no lloraría ni se lamentaría por su muerte y mucho menos delante de sus vecinos, ejerciendo con ello su control sobre la joven aun después de muerta. El cura Nemesio y algunos vecinos se hicieron cargo de los preparativos del funeral, ya que Mariana después que su madre recibiera la extremaunción no volvió a pronunciar palabra. Al regreso del cementerio, algunas vecinas la acompañaron por un rato y luego una a una se fueron marchando comentando sobre el incierto futuro de la joven, sin parientes cercanos ni amigos que pudiesen estar con ella en estos aciagos momentos. Verdaderamente estaba sola en el mundo. Su mente no atinaba a pensar ni organizar sus ideas. Se sentía desamparada y con miedo. Cerró puertas y ventanas refugiándose en su dormitorio con la mirada perdida fija en el techo. Aterrorizada, sin encontrar una vía de escape que la librara de la prisión que la mantuvo sometida su madre durante  toda su vida. De repente su memoria se remonto hacia el pasado y los recuerdos comenzaron a fluir suavemente. Se acordó de su muñeca, su tesoro. La puerta herméticamente cerrada durante tantos años se abrió de pronto de par en par. Mariana se levanto del lecho y comenzó a buscar por toda la casa a su tesoro, su aliciente, su refugio… ¿Donde la pondría su madre, Dios mío?...Ella que tenía la manía de guardar tanto las cosas que después no sabía dónde estaban. Los pensamientos se agolpaban dentro de su cabeza.  Recordó el día que su madre guardo el costurero y luego no lo encontró. Ese día fue al colegio con el dobladillo de la falda descosido. Busco desesperada, registró todos los rincones de la casa, anhelante, transformada totalmente por la emoción. ¡Su muñeca!  —¿Donde la guardaría su madre? Ella sería su salvación, estaba segura que de encontrarla la calma y la felicidad volverían a ella como aquel día remoto cuando su madre se la compro  a la señora gorda, de pelo azabache, en el bazar del circo. La casa era un caos, todo revuelto, en desorden, todas las cosas tiradas al piso. Se sentía liberada, como si un gran peso se le hubiera quitado de encima. Total, su madre no estaba para regañarla o llamarle la atención. Después se ocuparía ella de arreglar todo —ya habrá tiempo…De pronto ¡qué emoción, qué felicidad!..Escondida en la parte más alta del armario, detrás de unas sábanas, estaba su muñeca—¡su preciosa muñeca! Con una emoción casi febril la abrazo y beso, llorando intensamente, con un llanto nervioso y alegre a la vez. Se encontraba un poco maltratada, no por el uso, sino por estar guardada tanto tiempo. Un poco despeinada y el vestido azul y blanco lleno de polvo y moho. Qué importancia tenía esto con la inmensa alegría de hallarla. Ya se ocuparía de peinarla y hacerle muchos vestidos, todos con telas muy brillantes y coloridas. Sería la muñeca más linda, despertaría la envidia de todas las niñas del pueblo, las cuales desearían jugar con ella.
Para Mariana en un instante todas las otras cosas ocuparon en su mente un lugar secundario. Lo más importante para ella en estos momentos era la recuperación de su tesoro, su linda muñeca y que ya nadie se la podría quitar. Ahora si estaba dispuesta a luchar, a defenderla, si había alguien con la idea de separarla de ella. A los tres días los vecinos alarmados llamaron al padre Nemesio para informarle que les parecía muy extraño que la joven no hubiese salido de la casa y tenia puertas y ventanas herméticamente cerradas. El sacerdote solicito una orden judicial para abrir la puerta y poder entrar. Dentro de la casa todo estaba fuera de lugar. Mariana en su dormitorio, sentada en el piso abrazando a su muñeca los miraba asustada con los ojos desorbitados, dispuesta, ahora sí, a defender su tesoro hasta la muerte.

Nancy Aguilar Quintero