martes, 20 de diciembre de 2016

AMARGO DESENCANTO

Eran exactamente las cuatro y media de la tarde, de aquel día caluroso del mes de abril, cuando Adelaida dejó de llorar. En un instante su vida cambio para siempre y ya no sería más la misma. No sabía con certeza en qué momento comenzó aquel llanto tibio y melancólico. Las lágrimas corrían por sus mejillas, lavándole el rostro. Todo empezó dos meses antes, cuando aquel elegante y apuesto joven apareció en su vida. Aquella mañana, doña Beatriz, su mamá, una viuda de carácter muy recio y conducta intachable, le encargó que comprara en la única quincalla de aquel pueblo, árido y triste, donde nunca ocurría nada importante, unos hilos y encajes que necesitaba, para terminar de coser el vestido que Adelaida luciría ese domingo en las fiestas patronales del pueblo. Allí estaba él sentado enfrente de la bodega del turco Richani, con un vaso de limonada en la mano y el pensamiento muy lejos de allí. Había llegado al pueblo la noche anterior, hospedándose allí mismo, ya que el turco tenía en la parte alta algunas habitaciones, que regularmente ocupaban los granjeros cuando venían al pueblo a vender sus productos y a realizar sus compras. Caminaba ella con pasos lentos, cabizbaja, con una actitud de muchacha acostumbrada a obedecer. Sus miradas se cruzaron solo un instante, que para ella fue una eternidad. Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Una emoción muy intensa la embargo. Muy turbada entró en la quincalla, que quedaba justo al lado de la bodega. Con voz trémula pidió a Misael, el dependiente tosco y huraño, lo encomendado por su mamá. Aun estaba muy nerviosa cuando salió, pero él ya no estaba. Doña Beatriz, mujer muy observadora, notó inmediatamente que algo había ocurrido en el trayecto, pero como Adelaida nada comentó, se guardó ella muy bien de no preguntar nada. Los días siguientes, con alguna excepción en que recordaba el encuentro de aquella mañana, Adelaida continúo con su rutina de vida. Se levantaba muy temprano, para ayudar en los quehaceres del hogar, a pesar que tenían una empleada que se ocupaba de los oficios fuertes, era ella quien administraba la casa disponiendo la compra de alimentos semanales, para elaborar el menú, platillos deliciosos que copiaba de una revista española, que siempre llegaba atrasada a la tienda del turco. Disponía de una manera casi artística, las plantas de los materos  colocadas en el corredor y jardín de la vetusta casona, ocupándose de regarlas, tarea que solo ella hacía, con la cantidad exacta de agua que cada planta necesitaba. No satisfecha con esto, encargaba a su primo Santiago que venía al pueblo dos veces al mes trayendo mercancía, pequeños sacos de abono químico de un vivero, cuyo anuncio salía en un periódico capitalino. Llegó el domingo, día tan anhelado por los jóvenes del pueblo. Como eran tan pocas las diversiones, las fiestas dedicadas a San Sebastián, él santo patrono, se convertían en momentos de encuentros felices. Las casas eran pintadas con semanas de antelación con colores brillantes y vistosos, ya que existía una sana competencia para ver cual calle era la más bonita, ya que el día del santo el cura, en el sermón, les dedicaba elogios y bendiciones a los vecinos de la misma. Adelaida luciría ese domingo un precioso vestido verde esmeralda, que hacia resaltar mas la blancura de su piel. Su primo le trajo de la capital unos hermosos zarcillos, que combinaban perfectamente con el traje, ya que ella no confiaba en los adornos baratos de las tiendas del pueblo. Ensimismada en sus propios pensamientos, Adelaida entro aquella mañana a la iglesia con su madre y allí estaba él. Sentado en el ultimo banco,  como escondiéndose  de las personas que entraban a la iglesia, la cual estaba plena de aromas a rosas y azahares. Lo miro de reojo y eso fue suficiente para detallarlo. Vestía muy elegante y a la moda, pantalón gris y una camisa a rayas que le hacía juego. Su porte erguido, la desenvoltura de sus ademanes, su mirada perdida, le producían a ella emociones indescriptibles. Aquellos ojos color miel de infinita tristeza la dejo verdaderamente perturbada. Adelaida se sentó  al lado de varias amigas, pero ese día no presto atención a lo que decía el padre Olegario. Su cabeza la daba vueltas con un pensamiento persistente y una idea fija. ¿Quién era él, de donde vino y para qué? Todas estas interrogantes fueron contestadas muy pronto al terminar la misa. Su gran amiga Vestalia le hizo señas para que se acercara. Se llamaba Mauricio y era su primo. Había llegado de la capital, donde residía con sus padres, con intenciones de ver una viñedo situado en las afueras del pueblo, encomienda de su padre, un rico comerciante y banquero muy distinguido, que pensaba invertir en el campo, y alejarse un poco del bullicio de la ciudad. Vestalia se lo presento y conversaron de cosas triviales, del tiempo, de las cosechas, de la abundancia de frutos de aquella región. Él le comento que se quedaría un tiempo en el pueblo aprovechando que eran sus vacaciones. Como su amiga no los dejo solos ni un momento, Adelaida pensó si tendrían algún amorío. La ocasión perfecta para conocer mejor a Mauricio y quizás para que se fijara en ella, se presentó cuando consiguió un sobre encima de su cama. Lo había dejado allí Doña Beatriz y era la invitación para el cumpleaños de Doña Elba, la madre de Vestalia, acontecimiento que se celebraría  el domingo con un almuerzo en su hacienda Blancaflor. El ansiado día llego, sin sospechar Adelaida, que las ilusiones y proyectos internalizados por ella, noviazgo, matrimonio se desmoronaría como castillo de naipes, y es que ella de personalidad soñadora y romántica nunca pensó  que la realidad seria otra muy diferente. Antes del almuerzo, y a medida que llegaban los invitados, Doña Elba presentaba a su sobrino, como un joven muy educado y estudioso. Cuando alguien preguntó que estudiaba, la señora contesto muy orgullosa —¡Mauricio tiene dos años en el seminario y por fin habrá un sacerdote en la familia!
Nancy Aguilar Quintero
Abril, 2009
 


martes, 6 de diciembre de 2016

Visitantes indeseados.

Sobre aquella vetusta casona, majestuosa y elegante, se tejían toda clase de conjeturas y donde según, comentaban los vecinos, estaba embrujada, ya que cosas muy extrañas sucedían allí, sobre todo cuando se acercaban las fiestas patronales del pueblo. Se decía que, fantasmas de antiguos moradores deambulaban por toda la casa al comenzar la tarde, como invitados a la hora del café y, al anochecer cuando las luciérnagas resplandecientes empezaban su danza luminosa y cantarina, se les oía conversar y hasta discutir entre ellos
¡A estos fantasmas no le gustan las visitas,… y menos de familiares! —comentaba Servando, el viejo jardinero de cabellos nevados, con su voz tosca y la  piel curtida por el sol.
Mi familia vivía a solo dos casas por medio, y mi alma de niña no entendía lo que allí acontecía, pero cada vez  que salía con mi madre o con alguna empleada de la casa al mercado  caminábamos en la acera de enfrente muy rápido  y me decían
“Beatriz no mires a esa casa, no voltees a mirarla”.
Rosa, una de nuestras empleadas más antiguas, comentaba con su voz aplomada y una seguridad sin lugar a dudas
¡Esa casa esta embrujada, no entiendo como todavía alguien viva o pueda trabajar ahí! —¡A mí ni que me ofrezcan monedas de oro, estaría allí ni un minuto!
Se decía que los fantasmas se encontraban en todas partes, en las amplias alcobas, en la sala, la cocina y corredores donde más de una empleada de la casa los había visto y procuraban estar siempre acompañadas unas de otras. Al amanecer, cuando el sol desplegaba sus caricias ardientes volvía el sosiego y la tranquilidad a los habitantes de la mansión. Las lenguas viperinas y los comentarios maliciosos que nunca faltan sobre todo del servicio hacían toda clase de suposiciones sobre tan delicado asunto. Decían que el alma de un coronel, su esposa e hija  que habían sido sus propietarios en los tiempos de la colonia eran quienes trataban de hacerles bromas a los aterrados criados y a todo el que estuviese en la casa al comenzar el atardecer. Podían aparecer en cualquier época del año pero cuando se acercaba la fiesta de Santa Inés, patrona del pueblo, era el momento propicio para hacer de las suyas. Algo misterioso y que no tenía ninguna explicación lógica era el penetrante y casi insoportable olor a jazmines en la casona y los alrededores. Era la señal inequívoca que ese día aparecerían los indeseables visitantes.
Eusebio, el dueño  de la farmacia, afirmaba sin lugar a dudas—“mi abuela nos contaba, que ese coronel, incumplió una promesa a Santa Inés, y en castigo lo dejaron para siempre a él y su familia en la Tierra.—dicen que le prometió a la santa la construcción de una nueva iglesia la cual fue posponiendo por años hasta que la muerte lo sorprendió una mañana primaveral, bañándose en el rio. Ese coronel, que parece se  apellidaba Figueroa, decían que era muy malo y tacaño y, por eso Dios y la santa lo castigaron”.
“Yo, a mis nueve años no entendía mucho eso de los castigos, pero me parecía injusto que por una promesa que no cumplió el dichoso coronel, su esposa e hija también fuesen fantasmas”.
Sucedió un día que Santiago, el nieto menor  de los dueños de la casona, se le ocurrió ir a pasar sus vacaciones de verano con sus abuelos maternos, Doña Aurora y Don Miguel, quienes decían que nunca habían visto ni sentido nada anormal en su casa, y alegaban que eran “puras habladurías” de gente sin oficio.  Era Santiago un joven de unos dieciséis años, alto, de cabellos castaños y ojos aguarapados que vivía con sus padres en la capital. Su padre, un eminente profesor universitario, trató de disuadirlo animándolo a que fuese a otro lugar durante ese mes de vacaciones y le contó que siendo novio de Matildita, la madre de Santiago e hija de Aurora y Miguel, había tenido una experiencia nada agradable cuando ésta lo invitó a conocer a sus padres. Durante la  semana que duró su estadía en la casona, no pudo dormir una noche completa, debido a las constantes discusiones que en medio de la tranquilidad de la madrugada, se escuchaba por los pasillos y a la intensidad del  olor a jazmín, que impregnaba todas las habitaciones, y se le pegaba a las sabanas y a la ropa.  Santiago, se reía para sus adentros, y mirando perplejo a su padre.
—Me niego a creer, papá, que tú, un profesor universitario crea en esos cuentos de camino”.   
A estas alturas, Santiago estaba demasiado intrigado y desoyendo los consejos de su padre se alistó para visitar tan famosa casona de la cual casi todos en la familia tenían alguna anécdota que contar y como desde chico no veía a sus abuelos planificó su viaje con gran ilusión y hasta con cierta curiosidad. Contaba la casona con cinco empleadas, desde las que atendían la cocina pasando por la limpieza de aposentos y salones hasta las que hacían el mercado, más Servando el viejo jardinero, reliquia eterna de la casona, que vivía allí desde niño, cuando los padres de Aurora se hicieron cargo de él al quedar huérfano y desamparado. Doña Aurora y Don Miguel descendientes de antiguos terratenientes, a pesar que vivían solos, pues sus cinco hijos habían dejado hacía tiempo el hogar familiar, y cada quien tomó su propio rumbo, les gustaba rodearse de personas que los sirvieran, siguiendo la tradición de sus antepasados, de recibir numerosas visitas para lo cual era necesario mantener una casa cómoda y adecuada ya que de ninguna manera permitían que nadie de su familia y  amigos se alojaran en un hotel. Se podían dar ese lujo ya que eran personas adineradas, “ricos de cuna” como decían en el pueblo. Santiago solo hizo pisar la dichosa mansión cuando se ganó de inmediato la confianza de las empleadas, quienes lo miraban embobadas, felices de tener un joven tan apuesto y  cariñoso, que les jugaba toda clase de bromas y que las trataba de “tu” sin tantos formalismos innecesarios, como decía el propio Santiago, que tenía ideas medio socialistas. Al llegar se aprendió  los nombres de las chicas del servicio. Solo el viejo Servando, el jardinero, lo miraba con cierta desconfianza, pensando que un joven de su estatus no era  bien visto tratando con tanta familiaridad a la servidumbre. A Santiago le fascinó inmediatamente todas esas historias de aparecidos y le resultaba risible que a estas alturas del siglo XXI  todavía había personas ingenuas que creyesen en esos cuentos de camino. Sucedió que una tarde aburrido como estaba en aquél caserón se le ocurrió de repente jugarle una broma pesada a Irania la más joven de las empleadas, quien era la encargada de cambiar las sabanas, arreglar y limpiar los cuartos. Desde muy temprano les anuncio a sus abuelos y a la servidumbre que iría al centro del pueblo para realizar unas compras y  diligencias personales y,  regresaría como a las cuatro de la tarde. Le hizo hincapié a Irania que le limpiara el cuarto antes que  llegara porque pensaba hacer una siesta corta. A las dos de la tarde se despidió de sus abuelos en voz alta para que todos lo escucharan. Era la hora de descanso de las empleadas y casi todas se reunían en la amplia biblioteca donde un televisor inmenso hacía más placentero esas horas de reposo y café.  Dando la vuelta alrededor de la casa Santiago se deslizó sigilosamente por un portoncillo  en la parte de atrás de la casa. Éste solo lo usaban las empleadas para salir a colocar la basura y una que otra para escabullirse sin que los dueños se diesen cuenta a chismorrear con las empleadas vecinas. Sin que nadie lo viera entró al corredor y  fue directo a su cuarto.  Allí esperaría a Irania para asustarla y a ver si se le quitaba de una vez por toda esa manía de decir que en esa casa había aparecidos. Calculó la hora en que ella entraría y decidió esconderse detrás de una amplia cortina. A las tres en punto, que era la hora de la limpieza vespertina, Santiago la escuchó  que venía por el amplio corredor con los aperos de la limpieza. Hizo un esfuerzo para no reventar la risa cuando ella abrió la puerta. Pasaron cinco minutos y apenas si sentía los movimientos de Irania. Ésta se sentó en la cama y Santiago escuchaba su respiración entrecortada. Abrió una gaveta de la cómoda y oyó como pasaba las páginas de un libro. Le extraño mucho no sentirla limpiando ni cantando ya que ella misma decía que los sonidos y cánticos alejaban a los espantos.  A los siete minutos ya Santiago estaba decidido salir de su escondite y gritar con todas sus fuerzas ¡Espanto! Pero un sonido lo detuvo. Con mucho cuidado descorrió un poquito la cortina y entre la penumbra del cuarto vio que ella se dirigía precisamente a donde él estaba. Ya sin poder contener la risa decidió abrir la cortina en el preciso instante que ella estaba parada frente a él. Se imaginaba los gritos de Irania toda asustada y llorosa. ¡Pero… —ahí estaría él para calmarla y consolarla! Lo que sucedió después fueron conjeturas y habladurías tanto del servicio como de las personas del pueblo. Nadie hasta el día de hoy supo explicar con certeza que le pasó a Santiago, ni porque salió dando gritos del cuarto, como “alma que lleva el diablo”. Irania solo recordaba que cuando se disponía a entrar al cuarto, sintió un empujón y unos gritos aterradores. Era el joven Santiago que estaba en su cuarto,…—¡Pero!…¿¡Que hacia allí, si supuestamente estaba en el pueblo!?... Irania entró al cuarto y no vio nada fuera de lugar… Solo  un  intenso olor a jazmines se sentía en la habitación.
Nancy Aguilar Quintero
Maracaibo, 07 de noviembre 2016