lunes, 11 de diciembre de 2017



AÑORANZA



En las alas del olvido
te lance un día a volar.
Un día de primavera
tan triste, tan fugaz.
Te vi partir cual ave
que en su peregrinar
busca ansiosa un refugio
para poder amar.
Triste y sola me quede,
y en mi soledad
ansiaba que volvieras
para no irte jamás.

Nancy Aguilar Quintero


miércoles, 8 de noviembre de 2017


LA PLAZA

La noticia corrió como pólvora. Como dice el refrán “pueblo pequeño, infierno grande”. Dimas, el pordiosero mocho que pedía limosna frente a la plaza, se enteró de la novedad, al ver el alboroto de la gente y sin pensarlo dos veces tomo su muleta, corrió a la iglesia a poner al tanto al cura Olegario  Arreaza que acababa de terminar la misa y se disponía a cenar. Era un poco más de las siete de la noche y algo había pasado con el anciano, que visitaba todas las tardes la plaza que quedaba justo frente a la iglesia. Se contaba en el pueblo que este anciano llegó un mes de mayo hacía muchos años, cuando la  primavera estaba en su apogeo y los campos reverdecían con una variedad increíble de flores.  Fue en la época de la Guerra Civil cuando el país estaba convulsionado y el caos reinaba por todas partes. Era un mozo idealista y soñador y la  tropa donde servía como soldado lo  dejo malherido, con un golpe en la cabeza, a las puertas de aquel mísero dispensario que ni medico tenía y era atendido por una enfermera, solicita y amable, que a duras penas le prestó los primeros auxilios con lo poco que tenían. Desde el comienzo de  la guerra no recibían ninguna ayuda gubernamental. Aquel pueblo perdido en el mapa, inexistente para las autoridades  se llamaba Pozo Viejo y el anciano que para ese tiempo tendría unos veintitrés años se llamaba Anselmo Peralta. Se había alistado en el ejército pocos días antes que comenzara la guerra, llevado más por el afán de aventuras, de salir de aquella cotidianidad aburrida y asfixiante, que por patriotismo. Nunca pensó que serían tan terribles los momentos que pasaría en el frente de batalla. Hambre, frió, desprecios de sus superiores. En las noches heladas a campo abierto sin poder dormir  y con poco abrigo pensaba —¡Dios mío que absurda y terrible es la guerra, cuanto odio entre hermanos! Cuando ocurrió el accidente de su esposa, Anselmo siempre erguido y elegante, se tornó triste, taciturno, cabizbajo y de caminar encorvado. Su único consuelo y momento de sosiego era visitar la plaza del pueblo. —¡Su amada plaza! Así se  refería a ese lugar de esparcimiento y descanso al que acudía diariamente  a las cuatro en punto de la tarde. Los únicos momentos que dejó de visitarla fueron los nueve días posteriores al fallecimiento de Agripina, su esposa. Sucedió que ella limpiando un viejo armario perdió el equilibrio y cayó. —Fractura de fémur; — dijo el médico que la atendió, dolencia de la cual nunca se recuperó y la tenía inválida desde meses atrás. Seis largos meses durante los cuales Anselmo demostró todo el amor y generosidad que puede tener un ser humano hacia la persona que compartió su vida durante tantos años. Se conocieron desde el primer día que llegó al pueblo. Era la enfermera que le vendó las heridas y lo trató con tanto cariño como nadie lo había hecho hasta entonces. Fue amor o atracción a primera vista. Se casaron al mes. A él nadie lo esperaba en la capital. Nunca conoció a sus padres y por caridad fue criado por las monjas  en  el orfanato de San Jerónimo.  Vivía en una pensión y su trabajo como encargado de una sastrería de prestigio lo aburría enormemente. Ella vivía con su único hermano, mayor que ella en una pequeña granja a las afueras del pueblo, donde cultivaban hortalizas, crisantemos y violetas con las cuales adornaba el altar de la Virgen de la pequeña iglesia. Los primeros años de su vida de casados fueron de una magia y compenetración total. Él era alegre y dicharachero, ella en cambio muy ordenada y meticulosa. Al principio vivieron con su hermano, pero  los problemas nunca faltan ya que la granja era muy pequeña para  albergar a tantas personas. Anselmo cuando finalizó la guerra viajó con su esposa a la capital y con lo poco que le pagaron por la liquidación de su trabajo regresaron al pueblo para establecerse allí. Alquilaron una pequeña casita a varias cuadras de la plaza, donde él con mucho esfuerzo comenzó a trabajar el arte de la sastrería el cual conocía muy bien. Agripina se convirtió en su inseparable compañera, apoyándolo en todos los proyectos, que ella llamaba —“locuras de su marido”. Era su mano derecha y él todo se lo consultaba. Al cabo de un año la sastrería creció tanto que hubo de emplear dos cortadoras y dos modistas. Compraron la pequeña casa la cual fue remodelada totalmente en una hermosa casona de estilo barroco. Y  en el solar grande que tenía al lado fue construida la sastrería El Traje Perfecto, cuya fama rebaso los límites del poblado extendiéndose a los pueblos vecinos cuyos habitantes siempre salían satisfechos por la calidad de los trajes y el buen trato de los dueños. Cuando ocurrió la desgracia, como Anselmo llamó a la caída de su esposa, se levantaba  muy temprano al  despuntar el alba  para preparar el café y pan tostado a la enferma. Jamás pronuncio una queja y siempre se mostraba animoso delante de Agripina  haciendo hasta lo imposible por hacerla feliz, y ella al verlo alegre  se sentía tranquila y regocijada de tener a alguien que la amara tanto. Le contaba anécdotas e historias con tal de verla sonreír. Fue para esa época que Anselmo decidió vender la sastrería. Primero se la dio en consignación a un primo de Faustino, el gallego dueño de la taberna, que se enamoró de ella con sólo verla. Después se la vendió para dedicarse por completo al cuidado de Agripina a quien no le dijo nada. Cuando ella se enteró lloró desconsoladamente, pero no comentó nada para no herir más los sentimientos de su esposo, pero a partir de ese día algo se rompió en su corazón. La vida les cambio por completo. Ahora por las tardes, después del almuerzo, Anselmo ayudaba a una sobrina de su esposa que la atendía durante el día. Luego hacia una corta siesta hasta las tres y media cuando salía a caminar y se dirigía a la plaza del pueblo llegando un poco antes de las cuatro, ya que el trayecto no era largo y el trataba de caminar despacio para disfrutar del paseo. Permanecía allí hasta las siete de la noche. Eran tras horas de esparcimiento, recreación, diversión y meditación disfrutando a plenitud cada instante de las cosas sencillas que la vida le brindaba. Se extasiaba contemplando los árboles frondosos, las flores, el trinar de los pájaros, el corretear de los niños. Escuchaba con verdadero deleite el repique de las campanas de la iglesia cercana llamando a misa, el paso de  la señora italiana, esposa del dueño de la panadería, que lo saludaba y siempre le preguntaba con su español mal pronunciado por la salud de su esposa. La pareja de novios que se citaban todos los jueves a las cinco en punto. Cuando Anselmo estaba en la plaza se olvidaba de todos sus problemas. Algo irreal se apoderaba de su alma, haciéndole sentir una paz y felicidad interior perfecta. Si de él dependiera se quedaría más tiempo allí. No cambiaba esos momentos mágicos por nada en el mundo. La salida de las personas de la iglesia, la señora italiana cuando regresaba a su casa le indicaba que era hora de regresar al hogar  ya que Martina, que así se llamaba la sobrina de su esposa, solo esperaba su llegada para marcharse. La cena siempre estaba servida y Agripina lo esperaba recostada en la cama para cenar juntos. Martina se esmeraba en colocar un mantel de lino blanco inmaculado y el servicio de porcelana china, regalo de su boda en la bandeja donde su tía cenaría. Después rezaban juntos una oración y Anselmo  se daba a la tarea de cerrar puertas y ventanas de la amplia y señorial casona donde vivían. No habían tenido hijos. Quizás fue la falta de ellos lo que propicio que la pareja se compenetrara más con amor y dedicación del uno hacia el otro. Después de los funerales, al volver a la amplia casona, por primera vez en muchos años, Anselmo se sintió verdaderamente solo. Martina no lo acompañaría más, ya no había nadie a quien cuidar. Solitario y triste, sintió unas ganas inmensas de llorar, ya que delante de amigos y conocidos demostró un comportamiento digno de un rey. Se mantuvo firme y erguido, con la cabeza en alto al recibir las condolencias. Ese día no cenó y se fue al dormitorio más temprano que nunca. En los nueve días siguientes a la muerte de Agripina, por las tardes en vez de ir a la plaza iba al cementerio. Le llevaba crisantemos y violetas, sus flores preferidas las cuales buscaba en la granja de su cuñado. Al regresar a su casa ya lo esperaban amigos y vecinos para rezar el novenario. Al décimo día después de los funerales cuando preparaba la cena, en la amplia cocina de la vieja casona, se acordó que hacía días no visitaba la plaza. Se sintió más animado y tranquilo. ¡La plaza! Que gratos recuerdos venían a su memoria. Y se prometió a si mismo que iría al siguiente día. Pensó  incluso que podría ir en las mañanas y en las tardes. No tendría que almorzar en la casa. Visitaría la taberna de su viejo amigo, el gallego, quien preparaba unos platos exquisitos.  Estaría todo el día fuera de la casa, ya que ésta cada vez se le tornaba más triste y sombría. Regresaría tarde por la noche solo a dormir. A la mañana siguiente se levantó más temprano que de costumbre. Preparó café y lo bebió con verdadera delicia. Siempre disfruto mucho del café. Recordó con ternura cuando Agripina le decía que no lo tomara de noche ya que le producía insomnio. Llegó a la plaza cuando todavía era muy temprano. Compró el periódico en el quiosco de la esquina. Se sentía libre, casi feliz. Pasó todo el día caminando, saludando y conversando con las personas que conseguía  en su trayecto. Almorzó en la taberna como había pensado. La comida le pareció verdaderamente deliciosa. Filete de mero al ajillo con papas al vapor. Se quedó allí hasta la tarde conversando y sorbiendo un sabroso café, que siempre era cortesía de Faustino. Al volver a la plaza la encontró mucho más radiante que en la mañana. El sol de abril brillaba en el firmamento y una brisa suave y fresca le acaricio el rostro. Caminó y la recorrió por completo disfrutando cada paso, grabando en su memoria cada detalle. Se sentó en una banca, entorno los ojos y se dispuso a dormir un rato. Se sentía maravillosamente bien. Entre el sueño y la vigilia vio a Agripina. Estaba hermosa y jovial como cuando se conocieron aquel día lejano en el dispensario del pueblo. Tenía puesto su vestido floreado más hermoso, el que se ponía para ocasiones especiales. Ella le hablaba, veía el movimiento de sus labios pero él no la escuchaba. Observo a algunos niños cerca, oía sus voces, sus risas. Sonaron las campanas de la iglesia llamando a misa. A las siete en punto de la noche los niños que jugaban llamaron al vigilante de la plaza para decirle que el señor Anselmo tenía mucho rato profundamente dormido en una banca.
Nancy Aguilar Quintero




martes, 31 de octubre de 2017



INOLVIDABLE SORPRESA


Los pensamientos persistentes y recurrentes de  Marta sobre aquel episodio tan penoso, ocurrido hacia tantos años, y que su memoria se empeñaba en recordar con cierta nostalgia y tristeza pero satisfacción a la vez. Nostalgia y tristeza porque añoraba a Alicia, su amiga del alma, confidente de aventuras y desventuras, y satisfacción porque el cariño y aprecio de Alicia era en verdad desinteresado. Ese día terrible se había jurado a sí misma no hablarle nunca más por el resto de su vida a su querida y apreciada amiga. Quizás su única amiga. No pensó Marta que ese juramento se cumpliría a cabalidad meses después.
Alicia, alta, blanca de ojos grises muy expresivos, pronto cumpliría sus diecisiete años y le faltaban cuatro meses para obtener su título de bachiller. La habían inscrito, cuando ya el curso iba por la mitad. Venia de otro instituto, donde según decían tuvo problemas con el Director, pero eso no fue impedimento para hacerse amiga de todos en el liceo. Comentaban que era medio bruja, con esa mirada inquisitiva que penetraba hasta los pensamientos de sus amigos y muchas veces daba una respuesta mucho antes de conocer la pregunta. Alegre y dicharachera, quizás demasiado y eso no pocas veces le trajo problemas con sus profesores, ya que todo se lo tomaba a broma y con ella nadie se aburría. Hija única vivía con su madre, quien enviudó muy joven de un Coronel cuando Alicia apenas tenía dos años de edad. Parecía su hermana mayor, y según cuchicheaban en el liceo no tenía muy buena fama. Alicia hablaba de todo, menos de su madre y cuando alguien le preguntaba contestaba con evasivas y balbuceos y cambiaba de inmediato la conversación.
Al mes de haber finalizado el curso cuando todavía festejaban el hecho de ser Bachilleres de la Republica, Alicia desapareció sin dejar rastro. Circunstancias que nunca fueron aclaradas ni por la policía ni por su familia y que tuvo en vilo a aquella comunidad por mucho tiempo. Marta pensó lo que su madre siempre le decía, —“cuídate de los deseos muy vehementes porque casi siempre se cumplen”.Marta le deseo todo el mal a su amiga en un momento de profunda ira y malestar. Luego, cuando todo pasó y quiso retractarse era demasiado tarde. Pero ese recuerdo marcó a Marta para siempre. Hay algo peor que morir y es desaparecer sin dejar rastro. Son muchas las conjeturas que surgen en un episodio así. —¿Será que se fue porque quería? o, —¿Alguien se la llevó engañada o a la fuerza? Esas interrogantes son peores que conocer la verdad…porque la verdad te libera, te aclara todo, pero esta incertidumbre te va consumiendo el alma hasta el agotamiento. Marta, ensimismada en su mundo, sus libros y su gato Sócrates, nunca invitaba a sus compañeros de clase a su casa. Tantos prejuicios y rollos en esa cabeza que ni ella misma se entendía. Vivía en una casa muy humilde con sus padres y tres hermanos más los agregados que nunca faltaban. Le daba vergüenza que supieran que era tan pobre. Las  casas tan bonitas y arregladas de sus compañeros de clase le producían una envidia escondida y juró que nunca los llevaría a la suya e inventaba los miles de pretextos y excusas para que no fueran. Sus amigos ni siquiera tomaban en cuenta eso. Les daba lo mismo donde ella viviera. Pero sucedió que un día, Alicia, tremenda y desprejuiciada, como ella sola, quiso darle una sorpresa que para  Marta no sería nada  agradable. Fue para el cumpleaños de Marta y Alicia se dio a la tarea de organizarle una fiesta sorpresa. Todos se pusieron de acuerdo, en disimular muy bien. Pero había un pequeño problema: nadie sabía a ciencia cierta donde vivía Marta. ¡Ni siquiera Alicia! Decidieron seguirla  sin que se diera cuenta y averiguar la dirección. Y mientras  estaba en clase llegaron varios amigos a su casa y hablaron con Aurora, su mamá, una señora sencilla y agradable, de cabello corto algo encanecido con porte de reina, como si la pobreza en vez de disminuirla la enalteciera. Le explicaron todos sus planes y la señora quedo fascinada con la idea ya que Marta a su edad nunca se le había festejado un cumpleaños. Y era muy justo que sus dieciséis primaveras las compartiera con sus amigos más allegados. De verdad nadie tomó en cuenta la humildad de la vivienda. Y es que los jóvenes son así despreocupados y sin prejuicios. Menos Marta que era la excepción de la regla. Sus pensamientos eran de gente mayor como decía su madre,—“pareces una vieja, en un cuerpo de muchacha”. La señora estaba sorprendida de que su hija tuviera amigos tan considerados y nunca los invitaba para la casa. Llegó el día del dichoso cumpleaños. Su mamá como de costumbre al levantarse le dio un beso y un abrazo y como todos los años la felicito por un año más de vida. Marta se marchó  al liceo más temprano que de costumbre, resignada a que nadie en el liceo la felicitara ya que nunca había dicho su fecha de nacimiento. En el aula vio cuchicheos y sonrisas pero jamás pensó ella lo que se estaba tramando. La jornada transcurrió como siempre con las tareas y actividades escolares. A las siete en punto de la noche se fue a su cuarto, encendió el televisor para ver una serie o cualquier programa. Total daba lo mismo. Un cumpleaños más que pasaba por debajo de la mesa como decía su hermano Carlós Andrés. En el momento en que había conseguido un programa que le gustaba, su mamá entró en la habitación toda agitada y con una enorme sonrisa y le dijo que viniera rápido a la sala que le tenía una sorpresa. ¡Una sorpresa su mamá!... con cara de aburrimiento y sin muchas ganas la siguió. Las luces de la sala estaban apagadas y casi si cae al tropezar con un mueble. ¡Y en ese instante! ¡Sorpresa! ¡Cumpleaños feliz, te deseamos a ti, cumpleaños Marta Eloina, cumpleaños feliz! Y allí estaba casi todos los compañeros del salón con una enorme torta, refrescos, golosinas, pitos y cuanta chuchería usada en estas ocasiones. Y Alicia enfrente, como una guerrera desafiante con un inmenso globo multicolor en las manos. En ese momento la odio con toda su alma. Hacerle pasar semejante vergüenza y de paso decir su segundo nombre al que detestaba. Y para rematar la “sorpresa” también invitaron al buenazo del profesor de Historia por quien Marta suspirada y la tenía embobada, y a la profesora de Literatura, gruñona y amargada que la miraba como diciéndole, —¡Aja, —aquí es donde vives! Su cabeza le dio vueltas y de pronto vio como todos se alejaban y acercaban y ella escuchando la gritería y la música. —¡Se desmayó, se desmayó! Su madre verdaderamente aterrada y arrepentida de haberse hecho cómplice de semejante locura. Roberto, el profesor de Historia se hizo cargo inmediatamente de la situación, pidió un refresco y un poco de alcohol. Poco a poco le fue pasando ese palpitar en el pecho y Marta rompió a llorar. Sus amigos pensaron que era de alegría, pero ella lloraba de rabia, de impotencia, de vergüenza y quien sabe que de cosas pasaron por su cabeza en ese momento. Total, todos disfrutaron de la fiesta, menos Marta. Faltó al liceo casi una semana. No quería ver a nadie, ni respondía llamadas, mucho menos de Alicia quién también andaba medio apesadumbrada, sin entender en que se había equivocado. Alicia la llamaba, le enviaba mensajes de texto, pero nada Marta no daba su brazo a torcer. —¡Como se te ocurre hacerme esto! —Amiga, lo hice con la mejor intención del mundo, nunca pensé que fueses tan boba y con tantos prejuicios. —A nadie le importa dónde vives. Pero estos argumentos no convencieron a Marta y estuvo casi un mes sin dirigirle la palabra. Todo se solucionó cuando Carlos Andrés que estaba medio enamorado de Alicia propicio su encuentro nuevamente. Y lo hizo de una manera muy sutil. Invitó a ambas a comer helados.
Sucedió que próximo a finalizar el bachillerato, ya todos los compañeros de clases, habían inventado reunirse a festejar. Ya se sentían importantes. La siguiente meta la Universidad. Ya no sería lo mismo. Cada quien estudiaría una carrera diferente y quizás no coincidieran. Fue por esos días que Alicia comenzó a tener un comportamiento inusual. Ella que era “el alma del salón de clase” se tornó retraída y distante, con decir que ya ni a Marta le hacía confidencias como anteriormente. Un día que Marta y su mamá fueron al centro comercial Las Américas, uno de los más lujosos de la ciudad, se encontraron con Alicia. Pero no estaba sola. Doña Aurora fue quien primero la vio. Estaba sentada en un pequeño café, de esos medio bohemios con un señor que podría pasar por su padre. Marta le calculó como cuarenta años. Y lo que más les llamó la atención era que le tenía tomada la mano, la cual Alicia soltó rápidamente cuando se dio cuenta que Marta y su mamá se acercaban a saludarla. Estaba pálida y la voz le temblaba. Lo presentó como un amigo, Diego creo que escucho Marta cuando éste le estrecho la mano.  —¿Y qué hacía Alicia con un amigo que le doblaba la edad?, —dijo Doña Aurora.  Por mucho que Marta le preguntó e indagó, Alicia no soltó prenda, y se limitó a decirle que la dejara tranquila, que ya ella pronto seria mayor de edad y tomaría sus propias decisiones. Si las tomó o no, quedaría por siempre en un misterio muy bien guardado. Y ahora Marta, ya casada y con su propia familia, sentada en la pequeña pero muy acogedora sala de su casa, con un álbum de fotografías abierto sobre sus piernas, una lagrima que forcejeaba por salir a borbotones y el pensamiento muy lejos, anclado en aquella noche, día de su cumpleaños, cuando su amiga Alicia le tenía preparada una inolvidable sorpresa.  
Nancy Aguilar Quintero
Maracaibo, junio 2017




EL TREN VOLVIÓ A PARTIR


I
Eran las seis de la mañana en pleno invierno, cuando Eulogio llegó a la estación del tren. Poco le abrigaba la chamarra que llevaba puesta, demasiado vieja y raída, y el frio le calaba hasta el alma. Hacía  exactamente treinta años y tres días que dejó aquel pueblo con la intención de no regresar  jamás. No sabía con que se enfrentaría y que acontecimientos lo esperaban durante los días que se avecinaban. Ni siquiera tenía la certeza de porqué había regresado. Retomar el hilo de un pasado cruel y lleno de resentimiento no sería tarea fácil. Con sesenta años encima su aspecto era escuálido y decrépito, como el hombre que fuma y bebe mucho. Todavía sentía en sus oídos el llanto desgarrador de su hija de apenas un mes de nacida, con cólicos y vómitos que le hacían insoportable su permanencia en el hogar. Su esposa Aurora, le miraba suplicante, diciéndole con los ojos lo que sus labios no se atrevían a pronunciar. Momentos detenidos en su memoria  y que lo atormentaban en las largas noches de farra y aguardiente, en cualquier bar o taberna, de cualquier ciudad o pueblo donde vivió, o malvivió todos estos años. ¿Qué razones válidas pueden llevar a un ser humano, abandonar a su familia para deambular como alma errante por esos mundos de Dios? Estaba harto de la vida, de su mujer, de sus hijos, de la pequeña  Inés María y el varoncito Juan Jacobo de dos años. Nunca superó haberse casado. El problema no era Aurora, hacendosa y aseada, con una cabellera resplandeciente como los trigales en flor, sino él, de alma errante y sin ataduras, asiduo a cantinas y a parrandas, con su guitarra al hombro cantando y perdiendo el tiempo como le decía su  madre, Doña Carmela Morante, viuda de Cisneros.  Y la cantinela diaria  que se lo recordaba.
— ¿Eulogio, cuándo vas a sentar cabeza y formar un hogar como Dios manda? 
Y allí estaba Aurorita, la bella hija de los pulperos Anzola que lo miraba con ojos arrobados y embobada al escucharlo cantar y tocar la guitarra. Un día de tantos, después de escuchar la consabida cantinela y reproches de su madre tomó la decisión. ¡Se casaría con Aurora! Estaba tan seguro que ella lo aceptaría que se dio  plazo de dos meses para los preparativos de  la boda. Fue una ceremonia  sencilla pero elegante, donde  los padres de Aurora le obsequiaron la casa donde vivirían ya que Doña Carmela dejó muy claro el hecho que “casado casa quiere”. Y como dice el refrán “escoba nueva barre bien”, el primer año de casados todo fue felicidad y arrumacos. Sus suegros en vista de su falta de estudios y oficio le ofrecieron, a regañadientes, después de escuchar las súplicas diarias  de su hija, hacerse cargo  de la pulpería.  Era la  más grande del pueblo con  toda  clase de víveres y quincalla. Pero al poco tiempo, su suegro Don Ignacio Anzola notó la desaparición de mercancía, —¡y lo más grave!  —no entregaba bien las cuentas. Al año lo botó y Eulogio recibió la lluvia de reproches de su madre y esposa. Volvió a las andanzas, a la cantina donde permanecía casi hasta el amanecer, divirtiendo  a los clientes con sus chistes y su guitarra descuidando por completo  su hogar. Una tarde llegando a la casa de su madre y antes de comenzar a escuchar sus reproches, tomó una decisión. Y es que las decisiones de Eulogio eran así. Tajantes y rápidas. ¡Se marcharía del pueblo! Sabía que a su esposa  y a sus hijos no les faltaría nada. Para eso estaban sus padres y su madre que no los desampararían. Se iría a buscar fortuna, sin ataduras como siempre quiso, sin dar explicaciones de su conducta a nadie. Cuando su hija Inés María comenzó con el llanto y el vómito, Aurora le suplicaba con la mirada, sin atreverse a decirle que fuera a buscar un remedio para la niña. Días antes, le había sugerido muy sutilmente los buenos oficios de la yerbatera Agustina Coronado, que tenía fama de  nunca equivocarse en sus diagnósticos. Salió dando un portazo y pensó  en  la curandera que muchos en el pueblo le tenían más fe que al doctor Olegario Arreaza, ya que según  decían estaba ya demasiado viejo y anacrónico para atender enfermos. Su cabeza era un caos, con pensamientos desordenados y reprochándose a sí mismo en el problema que se había metido por estarle haciendo caso a su madre. La noche estaba oscura y tenebrosa. Caminó un buen rato bajo la tormenta que arreciaba por momentos. Pasaron las horas y llegó el amanecer  y Eulogio sin aparecer. Nadie supo más de él. La policía interrogó a Nehemías el taquillero de la estación del tren si lo había visto pasar por allí. Pero como era huraño y mal encarado nunca se fijaba a quien compraba los boletos por lo tanto no dio mayores  explicaciones. Lo buscaron por los alrededores y la policía sabiendo lo tarambana que era no puso mucho empeño en encontrarlo. Más bien estaban agradecidos que así fuera, porque aparte de bebedor era pendenciero y buscapleitos y fueron muchas las veces que los agentes del orden se apersonaban en la cantina porque había problemas con Eulogio.
—Eulogio, Eulogio ¿dónde estarás?...sabía que en algún momento me darías un disgusto muy grande. Eran las palabras y lamentos de doña Carmela, su madre.
Y como todo acontecimiento dura siete días, a la semana solo apenas rumores y uno que otro preguntar. El pueblo se olvidó  de él. Aurora nunca. Y ahora estaba ahí, en la estación del tren, queriendo con toda el alma juntar los pedazos de vida rotos por el tiempo y la distancia.
Eulogio ya había ideado un plan que estaba seguro le daría resultado. Pediría perdón, se arrodillaría si fuese necesario. Aurorita lo amó demasiado como para no perdonarlo. Hablaría con sus hijos desde el corazón y les daría una explicación. Si eran tan buenos como su madre de seguro lo perdonarían. Estaba arrepentido, y a cualquier persona arrepentida, se le otorga el perdón. Eso era lo que decía el cura Casimiro, de la iglesia Santa Teresa  donde contrajeron nupcias y donde su esposa era una ferviente feligresa.
Estaba ansioso por llegar y que todo volviera a ser como treinta años atrás cuándo sin excusa ni motivo valedero abandonó el techo conyugal.
Apenas Eulogio se acercó a la casa donde vivió momentos felices e infelices, supo que algo muy grave ocurría. La pequeña y modesta  casa que dejó estaba irreconocible. Reformada totalmente, simulaba un pequeño palacete, como un jardín hermoso y árboles frutales a los lados. Frente a la verja entreabierta notó que había algunas personas en la entrada de la casa. Su corazón casi se sale del pecho cuando vio aquella carroza fúnebre parada enfrente.  Alguien al verlo con aquella vestimenta, inapropiada y  sucia y el pequeño morral al hombro, le pregunto que deseaba. Ya iba a contestar cuando otra persona les interrumpió y dijo:
—Debe ser uno de los labriegos a quien Don  Demetrio ayudaba con sus obras de caridad y vino a darle el último adiós.
Quedó paralizado por la duda.—¿Quién sería Don Demetrio?... —Y que hacía en aquella casa, su antigua casa. —¿Será que Aurorita  tuvo que venderla, cuando él se marchó?...—Y…¿Dónde estarían sus hijos?
Supuso serían independientes, se habrían casado y tendrían sus propias familias. Toda su cabeza era un torbellino de preguntas incongruentes sin respuesta.  Sin que nadie se diese cuenta y en medio de la confusión  se coló dentro de la casa. De aquella pequeña y humilde casa no quedaba nada. Estaba irreconocible. Tropezó con una chica y por su uniforme dedujo era del servicio.  Casi le tumba una bandeja donde llevaba bocadillos y tazas humeantes de café.  
—¡Usted debe ser uno de los labriegos que vienen por la limosna semanal del Don!...—Pero…—¿no está enterado que él falleció hoy en la madrugada?
—No, no estaba enterado… —balbució Eulogio, con palabras entrecortadas. Vamos buen hombre, tome una taza de café  y un bocadillo que se nota a leguas que está muy hambriento… —Y ya que está aquí, puede quedarse para el funeral.
Ahora si era verdad que Eulogio estaba desorientado. Decidió seguir el juego a las personas y descubrir que estaba pasando allí. Deseaba con el alma ver a Aurora, ¡a su Aurorita! Qué alivio sintió cuando la chica del servicio le dijo que el difunto era un tal Don Demetrio. Tenía la certeza de haber escuchado ese nombre antes, pero no recordaba donde.
Con la velocidad de la luz su memoria se remontó al pasado…—claro… ¡Demetrio,  el hijo del Alcalde del pueblo! Un chico medio fatuo y pretencioso.—¿Sería el mismo? Siempre estuvo enamorado de Aurora, pero a ésta no le hacia la menor gracia. Podría decirse que hasta le causaba cierta repulsión.
II
Que dolor tan grande puede ocasionar la partida de un ser amado, pero cuando este desaparece sin dejar ningún rastro, la pérdida es doble y la incertidumbre mayor. Si está muerto, se reza por su alma y se le lleva flores a su tumba…¡pero si está vivo!…¿dónde estará? 
A los dos años de desaparecer Eulogio, Aurora se unió en segundas nupcias con Demetrio, el hijo del Alcalde, mas por complacer a sus padres que por estar sola y desamparada con dos niños a quién criar. Y entonces tomó una decisión transcendental en su vida: crearía un escudo de protección tanto para ella como para sus hijos. Ella tan romántica y soñadora idealizaría al padre perfecto, al santo, al mártir que dio su vida por la de su hija enferma.
Estaba a punto de dar media vuelta para marcharse, cuando de pronto la vio en el umbral de la puerta. Allí estaba Aurora, ¡su Aurorita! Ella lo reconoció de inmediato y sintió una congoja muy fuerte en su alma viendo en el despojo humano que se había convertido el hombre a quien amó con locura y le hizo trizas  su corazón. Supo en ese instante que su búsqueda había terminado, pero disimulando muy bien, se dispuso a recibir las condolencias de los presentes.
III
El cortejo fúnebre partió a las diez en punto con destino al viejo cementerio ubicado en las afueras del pueblo. A lo lejos vio la casa de su madre…¡su madre! Nunca supo más de ella, ni una carta, ni una llamada.  ¡Que ingrato había sido! Recorrió el cementerio, como alma en pena, soportando como un fardo  el peso del remordimiento. Buscó la tumba de su padre, una pequeña lapida, casi escondida entre la maleza y hojas húmedas. Entonces vio algo que lo dejó totalmente anonadado. ¡No lo podía creer! Al lado de la tumba de su padre, otra muy cuidada, con cultivos de rododendros y narcisos, con una hermosa lápida y un epitafio algo ostentoso. Leyó y releyó y no salía de su asombro. Allí escrito en letras doradas estaba su nombre. Pero lo inverosímil era el texto. ¡Qué significaba todo esto! El…¡Un Santo!
Eulogio Ramón  Cisneros Morante
1955-1985
Padre amantísimo y Santo varón, elevado a los altares, fallecido en medio de la tormenta, buscando un remedio para  la curación de su hija enferma. ¡Milagro que se le pida, es milagro concedido! Q.E.P.D
Su esposa  Aurora y sus hijos Inés María y Jacobo José.
Piedra Alta, 06 de abril de 1985
Su hija, su Inés María arrodillada en ferviente oración. Con dolor y rabia terminaría con esa falsa, le diría que su padre, fue un mal hombre, sin escrúpulos, que los abandonó a su suerte!  Se detuvo al ver la mirada fría y lacerante de Aurora, que con el dedo índice le conminaba a guardar silencio. No tenía derecho a romper el idílico recuerdo de esa leyenda fascinante del hombre que se convirtió en santo. El padre perfecto que perdió la vida al ser alcanzado por un rayo en una noche tenebrosa por buscar un remedio para su hija enferma.
Nancy Aguilar Quintero
Maracaibo, abril 2017




ADORMECIDA                     

Larissa caminaba descalza
por la desierta playa
de  arenas blanquecinas.

Miraba  el infinito
y sus grandes ojos negros
llenos de lluvia y angustia
solo veían la tristeza del ocaso
y el vaivén del oleaje.

Sintiendo aquellos
granos de arena
pequeñísimos penetrando
sus pies mojados
que le producían
una sensación indescriptible
entre desasosiego y paz.

No pensaba,
solo sentía la brisa
hiriéndole la cara
y el olor penetrante
a mar llenando
sus pulmones.

Recostó su cansado
y aletargado cuerpo
sobre una roca inmensa,
mientras el sol era apenas 
ya un pequeño
semicírculo ardiente
perdido en el horizonte.

Nancy Aguilar Quintero

Septiembre, 2011




DESORIENTADA


Eran las ocho de la noche y Camila apresuró el paso por aquella calle solitaria. La mayoría de las casas estaban derruidas y en escombros ya que la municipalidad había decidido remodelar varias manzanas porque eran viviendas de muchos años y le daban un aspecto muy feo a la ciudad. Sentía miedo y escalofríos al pasar por allí pero era el único camino viable para llegar a la autopista y tomar el autobús que la conduciría a su hogar. Estudiaba computación e inglés por las noches en un instituto del centro de la ciudad y su propósito era culminar los estudios para poder ascender en su trabajo. Era recepcionista en una entidad bancaria de gran prestigio y aspiraba a un mejor puesto. De pronto sintió un leve ruido, como pasos muy tenues pero persistentes detrás de ella, y no se atrevió a voltear ya que estaba casi paralizada de terror. Alguien la seguía y ella no sabía con qué intenciones. Aquel vecindario se había convertido en un sitio muy inseguro, sobre todo de noche. En un momento pensó que eran ideas suyas, ya que el pasar por esa calle, muy solitaria y con la mayoría de las casas deshabitadas, le producía temor. Se encomendó a las ánimas del purgatorio y a su Ángel de la Guarda siguiendo los consejos de su madre que siempre le decía que en caso de sentir peligro les rezara y que eran muy milagrosos. De pronto vio que una de las casas estaba iluminada con bastante gente afuera y adentro y, sin pensarlo dos veces, entró. Era un velorio. Se sentó al lado de una señora que rezaba cabizbaja un rosario y esperó un buen rato tratando de tranquilizarse ya que estaba muy nerviosa y asustada. Transcurrió como una hora y algunas personas comenzaron a marcharse caminando hacia la autopista. Ella se fue junto a ellas pero ni siquiera miró sus caras, prometiéndose que al día siguiente en la mañana pasaría por esa calle antes de llegar a su trabajo. Quería hacer una oración por el difunto o difunta en agradecimiento a que la hubiese librado de quién sabe qué percance. Llegó a la casa y solo consiguió ruinas, allí no había nadie y se notaba que la habían desocupado hacía tiempo. Camila no salía de su asombro. Preguntó a un señor de un quiosco cercano que vendía café y periódicos. El hombre le dijo que, según contaban por ahí, en esa casa había vivido hacía años una señora muy caritativa y generosa. Cuando murió, mucha gente vino a sus funerales para agradecerle sus favores. Camila quedó muy desconcertada pensando en qué acertados y precisos son los consejos de una madre.
NANCY AGUILAR QUINTERO

Venezuela 

PLAN FALLIDO #carnavalesdecuento

Alina se despojó del disfraz de Gatúbela, entallado a su cuerpo. Impotente,  con los ojos anegados de lágrimas y tristeza, pensó en su plan de conquista en la fiesta de carnaval del Gym. ¡Su famoso plan no había surtido efecto! Julián solo tenía ojos para Nadia, a quien todos consideraban tan poquita cosa, bajita, pelo corto y hasta feíta. ¡Pero así es el amor! Su flecha va dirigida a cualquier desprevenido y no se detiene hasta conseguir su objetivo: ver sangrar el corazón. Recordó el refrán de su abuela, “la suerte de la fea, la bonita la desea”

Nancy Aguilar Quintero

A MÍ PAPÁ EN SU DÍA (poema infantil)


Que palabra más hermosa
en los labios de los niños.
Esa palabra es ¡Papá!
a quien le doy mi cariño.

Cuando vas para el trabajo
te pido la ¡Bendición!
y me siento protegida
porque tú me das tu amor.

A mi padre yo lo adoro,
lo amo mucho y me consiente.
Cuando yo lo necesito
Él siempre está muy presente.

En mis juegos, en mis risas,  
En la mesa bendiciendo mi alimento
y al acostarme en las noche
rezamos el Padrenuestro.

Nancy Aguilar Quintero, junio 2012


lunes, 30 de octubre de 2017


LA AUSENCIA DE UN PASADO
Microrrelato

Lo primero que vio Eva al bajar del autobús fue su antigua casa y el campo repleto de alegres flores amarillas que anunciaban la primavera. ¿Que venía a buscar después de veinte años de ausencia? No lo sabía con certeza. Dejar a sus padres, a su hijo recién nacido, todo por vergüenza y cobardía y no defenderse de quienes la juzgaron y señalaron sin piedad. El fardo del remordimiento hacía lento su paso. La voz de un joven, alto, fornido, de inmensos ojos tristes la despertó de su letargo. —¿Qué desea la señora,… a quién busca?

Nancy Aguilar Quintero

AÑORANZA En las alas del olvido te lance un día a volar. Un día de primavera tan triste, tan fugaz. Te vi partir cua...