jueves, 25 de mayo de 2017





EL TREN VOLVIÓ A PARTIR
I
Eran las seis de la mañana en pleno invierno, cuando Eulogio llegó a la estación del tren. Poco le abrigaba la chamarra que llevaba puesta, demasiado vieja y raída, y el frio le calaba hasta el alma. Hacía  exactamente treinta años y tres días  que dejó aquel pueblo con la intención de no regresar  jamás. No sabía con que se enfrentaría y que acontecimientos lo esperaban durante los días que se avecinaban. Ni siquiera tenía la certeza de porqué había regresado. Retomar el hilo de un pasado cruel y lleno de resentimiento no sería tarea fácil. Con sesenta años encima su aspecto era escuálido y decrépito, como el hombre que fuma y bebe mucho. Todavía sentía en sus oídos el llanto desgarrador de su hija de apenas un mes de nacida, con cólicos y vómitos que le hacían insoportable su permanencia en el hogar. Su esposa Aurora, le miraba suplicante, diciéndole con los ojos lo que sus labios no se atrevían a pronunciar. Momentos detenidos en su memoria  y que lo atormentaban en las largas noches de farra y aguardiente, en cualquier bar o taberna, de cualquier ciudad o pueblo donde vivió, o malvivió todos estos años. ¿Qué razones válidas pueden llevar a un ser humano, abandonar a su familia para deambular como alma errante por esos mundos de Dios? Estaba harto de la vida, de su mujer, de sus hijos, de la pequeña  Inés María y el varoncito Juan Jacobo de dos años. Nunca superó haberse casado. El problema no era Aurora, hacendosa y aseada, con una cabellera resplandeciente como los trigales en flor, sino él, de alma errante y sin ataduras, asiduo a cantinas y a parrandas, con su guitarra al hombro cantando y perdiendo el tiempo como le decía su  madre, Doña Carmela Morante, viuda de Cisneros.  Y la cantinela diaria  que se lo recordaba.
— ¿Eulogio, cuándo vas a sentar cabeza y formar un hogar como Dios manda? 
Y allí estaba Aurorita, la bella hija de los pulperos Anzola que lo miraba con ojos arrobados y embobada al escucharlo cantar y tocar la guitarra. Un día de tantos, después de escuchar la consabida cantinela y reproches de su madre tomó la decisión. ¡Se casaría con Aurora! Estaba tan seguro que ella lo aceptaría que se dio  plazo de dos meses para los preparativos de  la boda. Fue una ceremonia  sencilla pero elegante, donde  los padres de Aurora le obsequiaron la casa donde vivirían ya que Doña Carmela dejó muy claro el hecho que “casado casa quiere”. Y como dice el refrán “escoba nueva barre bien”, el primer año de casados todo fue felicidad y arrumacos. Sus suegros en vista de su falta de estudios y oficio le ofrecieron, a regañadientes, después de escuchar las súplicas diarias  de su hija, hacerse cargo  de la pulpería.  Era la  más grande del pueblo con  toda  clase de víveres y quincalla. Pero al poco tiempo, su suegro Don Ignacio Anzola notó la desaparición de mercancía, —¡y lo más grave!  —no entregaba bien las cuentas. Al año lo botó y Eulogio recibió la lluvia de reproches de su madre y esposa. Volvió a las andanzas, a la cantina donde permanecía casi hasta el amanecer, divirtiendo  a los clientes con sus chistes y su guitarra descuidando por completo  su hogar. Una tarde llegando a la casa de su madre y antes de comenzar a escuchar sus reproches, tomó una decisión. Y es que las decisiones de Eulogio eran así. Tajantes y rápidas. ¡Se marcharía del pueblo! Sabía que a su esposa  y a sus hijos no les faltaría nada. Para eso estaban sus padres y su madre que no los desampararían. Se iría a buscar fortuna, sin ataduras como siempre quiso, sin dar explicaciones de su conducta a nadie. Cuando su hija Inés María comenzó con el llanto y el vómito, Aurora le suplicaba con la mirada, sin atreverse a decirle que fuera a buscar un remedio para la niña. Días antes, le había sugerido muy sutilmente los buenos oficios de la yerbatera Agustina Coronado, que tenía fama de  nunca equivocarse en sus diagnósticos. Salió dando un portazo y pensó  en  la curandera que muchos en el pueblo le tenían más fe que al doctor Olegario Arreaza, ya que según  decían estaba ya demasiado viejo y anacrónico para atender enfermos. Su cabeza era un caos, con pensamientos desordenados y reprochándose a sí mismo en el problema que se había metido por estarle haciendo caso a su madre. La noche estaba oscura y tenebrosa. Caminó un buen rato bajo la tormenta que arreciaba por momentos. Pasaron las horas y llegó el amanecer  y Eulogio sin aparecer. Nadie supo más de él. La policía interrogó a Nehemías el taquillero de la estación del tren si lo había visto pasar por allí. Pero como era huraño y mal encarado nunca se fijaba a quien compraba los boletos por lo tanto no dio mayores  explicaciones. Lo buscaron por los alrededores y la policía sabiendo lo tarambana que era no puso mucho empeño en encontrarlo. Más bien estaban agradecidos que así fuera, porque aparte de bebedor era pendenciero y buscapleitos y fueron muchas las veces que los agentes del orden se apersonaban en la cantina porque había problemas con Eulogio.
—Eulogio, Eulogio ¿dónde estarás?...sabía que en algún momento me darías un disgusto muy grande. Eran las palabras y lamentos de doña Carmela, su madre.
Y como todo acontecimiento dura siete días, a la semana solo apenas rumores y uno que otro preguntar. El pueblo se olvidó  de él. Aurora nunca. Y ahora estaba ahí, en la estación del tren, queriendo con toda el alma juntar los pedazos de vida rotos por el tiempo y la distancia.
Eulogio ya había ideado un plan que estaba seguro le daría resultado. Pediría perdón, se arrodillaría si fuese necesario. Aurorita lo amó demasiado como para no perdonarlo. Hablaría con sus hijos desde el corazón y les daría una explicación. Si eran tan buenos como su madre de seguro lo perdonarían. Estaba arrepentido, y a cualquier persona arrepentida, se le otorga el perdón. Eso era lo que decía el cura Casimiro, de la iglesia Santa Teresa  donde contrajeron nupcias y donde su esposa era una ferviente feligresa.
Estaba ansioso por llegar y que todo volviera a ser como treinta años atrás cuándo sin excusa ni motivo valedero abandonó el techo conyugal.
Apenas Eulogio se acercó a la casa donde vivió momentos felices e infelices, supo que algo muy grave ocurría. La pequeña y modesta  casa que dejó estaba irreconocible. Reformada totalmente, simulaba un pequeño palacete, como un jardín hermoso y árboles frutales a los lados. Frente a la verja entreabierta notó que había algunas personas en la entrada de la casa. Su corazón casi se sale del pecho cuando vio aquella carroza fúnebre parada enfrente.  Alguien al verlo con aquella vestimenta, inapropiada y  sucia y el pequeño morral al hombro, le pregunto que deseaba. Ya iba a contestar cuando otra persona les interrumpió y dijo:
—Debe ser uno de los labriegos a quien Don  Demetrio ayudaba con sus obras de caridad y vino a darle el último adiós.
Quedó paralizado por la duda.—¿Quién sería Don Demetrio?... —Y que hacía en aquella casa, su antigua casa.  —¿Será que Aurorita  tuvo que venderla, cuando él se marchó?...—Y…¿Dónde estarían sus hijos?
Supuso serían independientes, se habrían casado y tendrían sus propias familias. Toda su cabeza era un torbellino de preguntas incongruentes sin respuesta.  Sin que nadie se diese cuenta y en medio de la confusión  se coló dentro de la casa. De aquella pequeña y humilde casa no quedaba nada. Estaba irreconocible. Tropezó con una chica y por su uniforme dedujo era del servicio.  Casi le tumba una bandeja donde llevaba bocadillos y tazas humeantes de café.  
—¡Usted debe ser uno de los labriegos que vienen por la limosna semanal del Don!...—Pero…—¿no está enterado que él falleció hoy en la madrugada?
—No, no estaba enterado… —balbució Eulogio, con palabras entrecortadas. Vamos buen hombre, tome una taza de café  y un bocadillo que se nota a leguas que está muy hambriento… —Y ya que está aquí, puede quedarse para el funeral.
Ahora si era verdad que Eulogio estaba desorientado. Decidió seguir el juego a las personas y descubrir que estaba pasando allí. Deseaba con el alma ver a Aurora, ¡a su Aurorita! Qué alivio sintió cuando la chica del servicio le dijo que el difunto era un tal Don Demetrio. Tenía la certeza de haber escuchado ese nombre antes, pero no recordaba donde.
Con la velocidad de la luz su memoria se remontó al pasado…—claro… ¡Demetrio,  el hijo del Alcalde del pueblo! Un chico medio fatuo y pretencioso.—¿Sería el mismo? Siempre estuvo enamorado de Aurora, pero a ésta no le hacia la menor gracia. Podría decirse que hasta le causaba cierta repulsión.
II
Que dolor tan grande puede ocasionar la partida de un ser amado, pero cuando este desaparece sin dejar ningún rastro, la pérdida es doble y la incertidumbre mayor. Si está muerto, se reza por su alma y se le lleva flores a su tumba…¡pero si está vivo!…¿dónde estará? 
A los dos años de desaparecer Eulogio, Aurora se unió en segundas nupcias con Demetrio, el hijo del Alcalde, mas por complacer a sus padres que por estar sola y desamparada con dos niños a quién criar. Y entonces tomó una decisión transcendental en su vida: crearía un escudo de protección tanto para ella como para sus hijos. Ella tan romántica y soñadora idealizaría al padre perfecto, al santo, al mártir que dio su vida por la de su hija enferma.
Estaba a punto de dar media vuelta para marcharse, cuando de pronto la vio en el umbral de la puerta. Allí estaba Aurora, ¡su Aurorita! Ella lo reconoció de inmediato y sintió una congoja muy fuerte en su alma viendo en el despojo humano que se había convertido el hombre a quien amó con locura y le hizo trizas  su corazón. Supo en ese instante que su búsqueda había terminado, pero disimulando muy bien, se dispuso a recibir las condolencias de los presentes.
III
El cortejo fúnebre partió a las diez en punto con destino al viejo cementerio ubicado en las afueras del pueblo. A lo lejos vio la casa de su madre…¡su madre! Nunca supo más de ella, ni una carta, ni una llamada.  ¡Que ingrato había sido! Recorrió el cementerio, como alma en pena, soportando como un fardo  el peso del remordimiento. Buscó la tumba de su padre, una pequeña lapida, casi escondida entre la maleza y hojas húmedas. Entonces vio algo que lo dejó  totalmente anonadado. ¡No lo podía creer! Al lado de la tumba de su padre, otra muy cuidada, con cultivos de rododendros y narcisos, con una hermosa lápida y un epitafio algo ostentoso. Leyó y releyó y no salía de su asombro. Allí escrito en letras doradas estaba su nombre. Pero lo inverosímil era el texto. ¡Qué significaba todo esto! El…¡Un Santo!
Eulogio Ramón  Cisneros Morante
1955-1985
Padre amantísimo y Santo varón, elevado a los altares,  fallecido en medio de la tormenta, buscando un remedio para  la curación de su hija enferma. ¡Milagro que se le pida, es milagro concedido! Q.E.P.D
Su esposa  Aurora y sus hijos Inés María y Jacobo José.
Piedra Alta, 06 de abril de 1985
Su hija, su Inés María arrodillada en ferviente oración. Con dolor y rabia terminaría con esa falsa, le diría que su padre, fue un mal hombre, sin escrúpulos, que los abandonó a su suerte!  Se detuvo al ver la mirada fría y lacerante de Aurora, que con el dedo índice le conminaba a guardar silencio. No tenía derecho a romper el idílico recuerdo de esa leyenda fascinante del hombre que se convirtió en santo. El padre perfecto que perdió la vida al ser alcanzado por un rayo en una noche tenebrosa por buscar un remedio para su hija enferma.
Nancy Aguilar Quintero
Maracaibo, abril 2017


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